YANKEE
06:24, 17 March 2025Ese mismo día por la tarde, Marc volvió de Barcelona y pasó a recogerme a la U. Yo estaba sentada en las escaleras de la entrada, con la mochila en el suelo y la cabeza apoyada en las rodillas. El sonido de su moto que recién había comprado, hizo que levantara la vista.
Ahí estaba él, con ese casco negro y la chaqueta de cuero que siempre le hacía parecer sacado de una revista.
"¡Princesa!" me llamó, quitándose el casco con una sonrisa enorme.
Forcé una sonrisa y me levanté. Marc se bajó de la moto y caminó hacia mí, pasando una mano por mi cintura antes de besarme en la mejilla. Yo me tensé por un segundo, pero él no pareció notarlo.
"¿Qué tal la semana sin mí?" me preguntó, con ese tono relajado y encantador que siempre me derretía.
"Bien," mentí, tratando de sonar casual.
"¿Bien?" Marc levantó una ceja y me miró con esa expresión traviesa que siempre me hacía reír. "Bueno, pues ahora que estoy de vuelta, seguro que mejora."
Yo solo asentí, pero mi estómago estaba hecho un nudo. La imagen de Pedro en mi cama esa mañana seguía demasiado fresca en mi cabeza. Su olor aún estaba en mis sábanas. El calor de su piel aún lo sentía en mis muslos.
Marc pasó un brazo sobre mis hombros y me llevó hacia la moto.
"¿Te apetece cenar esta noche?" me preguntó, encendiendo la moto.
"¿Cenar?"
"Sí." Me miró con una sonrisa. "Un mes, ¿recuerdas? Ya hemos aguantado un mes, princesa. Eso merece una celebración."
Se me secó la boca. Claro que me acordaba. Y claro que sabía que salir a cenar con Marc después de haberme acostado con Pedro esa mañana era una absoluta locura. Pero asentí.
"Sí, claro. Vamos."
Marc sonrió y me dio otro beso en la mejilla antes de ponerse el casco. Yo me subí detrás de él y rodeé su cintura con los brazos, sintiendo el motor vibrar bajo mis piernas.
Una hora después ya estaba en mi departamento, buscando algo que ponerme para la cena cuando mi teléfono vibró. Lo cogí de la cama y sentí una punzada en el estómago al ver el nombre en la pantalla.
Pedro
Abrí el mensaje.
Pedro: "Estoy a una calle de Salamanca. Voy para allá."
Mis ojos se abrieron de golpe y el corazón empezó a latirme en el pecho como un tambor.
Ale: "No! No puedo. Tengo planes esta noche."
Tres segundos después, me llamó. Contesté sin pensar.
"Pedro, en serio. No puedo."
"Baja."
"No, Pedro, en serio. Tengo que arreglarme para salir con Marc."
Pedro soltó una risa suave. Esa risa que me hacía perder el control.
"Me da igual."
"Pedro..."
"Baja."
Yo estaba temblando. Me miré en el espejo. Llevaba solo una camiseta y unas mallas de deporte, el pelo recogido en un moño deshecho. No tenía sentido bajar. No tenía sentido dejarlo entrar otra vez.
Pero mis piernas ya me estaban llevando hacia la puerta.
Cuando bajé, Pedro estaba apoyado contra la pared de piedra del edificio, con las manos en los bolsillos y la gorra calada sobre la frente. Me miró de arriba abajo, sonriendo con esa arrogancia natural que tanto me volvía loca.
"¿No te vas a arreglar?" dijo, acercándose lentamente.
"Eso intentaba hacer antes de que me escribieras," contesté, cruzándome de brazos.
Pedro sonrió.
"No vas a salir."
"Claro que voy a salir."
Pedro dio un paso más hacia mí. Su olor a colonia y tabaco me golpeó de golpe.
"No. No vas a salir."
"¿Ah, no?" dije, sintiendo que el aire empezaba a volverse espeso entre nosotros.
Pedro me miró fijamente, sus ojos oscuros ardiendo.
"No," repitió. Y entonces me besó.
Fue un beso violento, intenso. Su mano se cerró alrededor de mi nuca, inclinando mi cabeza hacia atrás mientras su lengua se deslizaba sobre la mía. Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera procesarlo. Mis brazos se enredaron alrededor de su cuello y dejé que me empujara hacia la puerta del edificio.
Subimos las escaleras casi tropezando, con las manos recorriendo nuestros cuerpos como si lleváramos meses reprimiéndonos, porque, en realidad, sí lo habíamos hecho.
Entramos en mi piso y Pedro me levantó contra la pared, empujando su cuerpo contra el mío.
"Pedro, en serio, yo..."
"Dime que pare," susurró.
No lo hice.
Pedro me llevó a mi habitación y me tiró en la cama. Me quitó la camiseta de un tirón y me miró con esos ojos claros, hambrientos.
"Estás jodidamente guapa," dijo antes de volver a besarme.
Y entonces lo hice. Otra vez.
Una hora después, Pedro estaba recostado a mi lado, con la mano en mi cintura y la respiración aún agitada.
Me giré hacia él.
"Tienes que irte," dije en voz baja.
Pedro sonrió.
"¿Por qué?"
"Marc va a venir a recogerme en media hora."
Pedro frunció el ceño.
"No entiendo por qué sigues con él."
Yo tampoco lo entendía en ese momento.
Pedro se levantó, se puso los vaqueros y la camiseta y me miró desde la puerta de mi habitación.
"Te veré luego," dijo con esa sonrisa torcida.
Y entonces se fue.
Cuando volví de la cena con Marc, Martina ya estaba en el sofá, comiendo palomitas. Me miró con el ceño fruncido en cuanto entré.
"¿Qué tal la cena?"
"Bien," mentí, quitándome los tacones y dejándome caer en el sofá.
Martina me miró con esa expresión que significaba que sabía exactamente qué había pasado.
"Ale," dijo con tono serio. "¿Has visto a Pedro? Porque he encontrado un preservativo en tu cuarto, y yo sé que Marc no ha estado aquí."
Me pasé las manos por la cara.
"Sí."
Martina se quedó mirándome en silencio.
"Ale... ¿te has acostado con él?"
No respondí.
Martina cerró los ojos y negó con la cabeza.
"Tienes que parar," dijo. "No puedes seguir así. No puedes estar con Marc y seguir viendo a Pedro."
"No estoy con Pedro," susurré.
Martina soltó una carcajada seca.
"Ya, claro. ¿Y entonces qué es esto?"
No respondí.
Martina se inclinó hacia mí.
"Tienes que tomar una decisión, Ale. O Marc o Pedro. No puedes tenerlos a los dos."
Quise responderle. Decirle que lo tenía bajo control. Pero no lo hice. Porque sabía que tenía razón. Y lo peor era que no sabía cómo iba a elegir.
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