PLAYA DEL INGLES
06:59, 17 March 2025Dos semanas después, las cosas solo habían empeorado. O mejorado, dependiendo de cómo lo vieras. Pedro y yo habíamos caído en un patrón peligroso, uno que nos estaba consumiendo. Nos seguíamos acostando juntos a espaldas de Marc, casi con una desesperación enfermiza.
Yo sabía que estaba mal. Sabía que lo estaba destruyendo todo. Pero cada vez que Pedro me miraba con esos ojos claros y me sonreía con esa maldita sonrisa torcida, mi cuerpo reaccionaba antes que mi mente.
Marc seguía siendo perfecto. Seguía llevándome a cenar, escribiéndome mensajes dulces, haciéndome reír. Y yo... yo seguía dejándolo creer que todo estaba bien. Seguía actuando como si Pedro no apareciera en mi departamento en las noches, como si no lo dejara entrar en mi cama y en mi cuerpo una y otra vez.
Y entonces, una tarde, todo explotó.
Pedro había venido directo desde el estudio. Llegó sin avisar, como siempre, con esa actitud de "puedo hacer lo que quiera porque sé que me vas a dejar".
Llevaba una camiseta blanca que le quedaba perfecta y esos pantalones de chándal que se le caían justo lo suficiente como para hacerme perder el control.
"¿Qué haces aquí?" le dije cuando abrió la puerta de mi habitación.
Pedro sonrió.
"Lo mismo que siempre."
Yo estaba sentada en la cama, con el portátil sobre las piernas. Lo cerré y lo dejé a un lado.
"Pedro, en serio..."
Él cruzó la habitación en tres pasos y se arrodilló frente a mí, separándome las piernas.
"Si de verdad no quieres que esté aquí, dímelo," murmuró, con esa voz baja y ronca que hacía que mi cerebro dejara de funcionar.
No lo dije.
Pedro deslizó las manos por mis muslos y tiró de mí hacia él.
"Dímelo, Ale," repitió.
No lo hice.
Y entonces me besó.
Me rendí en cuestión de segundos. Lo dejé inclinarme hacia atrás en la cama, sus manos deslizándose bajo mi camiseta, sus labios descendiendo por mi cuello. Mi respiración se volvió entrecortada cuando él empezó a quitarme la ropa.
No estaba pensando en Marc. No estaba pensando en nada. Solo en Pedro y en la forma en que me hacía sentir.
Estábamos tan metidos en nuestro mundo que ni siquiera oímos la puerta abrirse.
"¡Joder!"
La voz de Alana me hizo saltar. Me giré hacia la puerta, con el corazón en la garganta. Alana estaba parada ahí, con Martina justo detrás de ella.
"¿Pero qué mierda es esto?" dijo Alana, con su acento marcadísimo, mezclado con ese toque italiano que salía cuando se enojaba de verdad.
Pedro se levantó de la cama, sin molestarse en recoger su camiseta del suelo.
"¿Qué coño hacéis aquí?" preguntó, con esa actitud de desafío que tanto me molestaba y tanto me excitaba al mismo tiempo.
Martina abrió los ojos como platos, claramente en shock. Alana, en cambio, avanzó dos pasos dentro de la habitación.
"Ale, ¿qué coño estáis haciendo?" me gritó, con los ojos encendidos de furia.
"Alana, yo..."
"¡Tú tienes novio!"
Pedro soltó una risa seca.
"Eso no parece haber sido un problema hasta ahora."
"¡Tú cállate!" le espetó Alana, apuntándolo con un dedo. "¡Tú eres el puto problema aquí! ¿Qué mierda te pasa? ¿Por qué no puedes dejarla en paz?"
Pedro sonrió con esa arrogancia natural.
"Porque no quiere que la deje en paz."
"¡No me jodas!" Alana lo miró como si estuviera a punto de golpearlo. "¿Crees que eso es una excusa? ¿Crees que está bien hacer esto mientras Marc está ahí, pensando que todo va bien? ¿Que ella está enamorada de él?"
Pedro no dijo nada.
"¡Alana, basta!" dije, levantándome de la cama y envolviéndome con una sábana.
"No, Ale, no basta." Alana me miró con esa intensidad que solo ella podía tener. "Marc es un buen tío. Es bueno contigo. Te cuida. Te quiere de verdad. ¿Y tú qué haces? ¿Te follas a tu ex a sus espaldas?"
Yo cerré los ojos, sintiendo cómo la culpa se instalaba en mi pecho como una piedra.
"Alana..."
"¿Sabes qué es lo peor?" continuó Alana, con una risa amarga. "Que Pedro también lo sabe. Que a él le da igual que tengas novio. Porque tú y él sois como una puta droga el uno para el otro. Os destrozáis, os hacéis daño, pero ninguno de los dos es capaz de parar."
"Alana..."
"¡No, Ale! ¡Tienes que decidir!"
Pedro dio un paso hacia mí, con las manos en los bolsillos.
"Ya lo ha hecho," dijo, con una sonrisa.
"¿De verdad?" Alana lo miró con desprecio. "Porque si esto sigue así, no solo vas a perder a Marc. Vas a perderlo todo, Ale. Vas a destruir todo lo bueno que tienes en tu vida. Y para qué, ¿eh? ¿Para qué? ¿Para que dentro de tres meses estéis otra vez gritándoos, insultándoos en público y volviéndoos locos?"
"Alana..." Martina intentó intervenir, pero Alana levantó una mano.
"No." Sus ojos se clavaron en los míos. "Piensa bien lo que vas a hacer, Ale. Porque esta mierda no puede seguir así."
Alana salió de la habitación, empujando a Martina para que la siguiera.
Pedro me miró con esa sonrisa torcida.
"Bueno. Eso fue incómodo."
"Pedro..."
"No te preocupes, Gordi." Se acercó a mí y me besó suavemente en la frente. "Ya lo arreglaremos."
Pedro cogió su camiseta del suelo, se la puso y salió de la habitación como si nada hubiera pasado.
Pedro salió de la habitación con esa calma insolente que tanto me desconcertaba. Como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de dejarme desnuda y vulnerable, completamente expuesta ante mis mejores amigas. Cerró la puerta con suavidad, pero el sonido del golpe seco retumbó en mi pecho como un disparo.
Por un segundo, solo escuché el sonido de mi propia respiración. Rápida. Descontrolada. Y entonces, la voz de Alana rompió el silencio como un látigo.
"¡Tú eres un puto egoísta de mierda!"
"¿Yo?" La voz de Pedro sonaba despreocupada, pero con ese tono afilado que usaba cuando estaba a la defensiva. "No fui yo quien empezó esta mierda."
"¡Te importa una mierda lo que ella siente! ¡Solo te importa tenerla para ti! ¡No te importa si la destruyes en el proceso!"
"¿Destruirla?" Pedro rió con desprecio. "Venga ya, Alana. Ale sabe lo que hace. No la estoy obligando a nada."
"¡Pero tampoco la dejas ir!"
"¿De verdad crees que eso es culpa mía?"
"¡Sí, Pedro! ¡Sí lo es!" El grito de Alana fue tan fuerte que Martina abrió la puerta de mi habitación, con los ojos muy abiertos.
"¡Ya basta!" dijo Martina, intentando calmarla. "¡Bajad la voz!"
"¡No!" Alana estaba furiosa, con los ojos encendidos y el pecho subiendo y bajando rápidamente. "¡Porque este imbécil se cree con el derecho de joderle la vida a Ale una y otra vez! ¡Y ella lo permite! ¡Porque está enganchada a ti como una puta droga!"
"Alana, basta," susurró Martina.
"No, no basta." Alana avanzó hacia Pedro, empujándolo ligeramente en el pecho. "Eres un cabrón egoísta, ¿sabes eso? Si realmente la quisieras, si de verdad te importara, la dejarías en paz. Pero no. Prefieres hundirla contigo."
Pedro la miró con una sonrisa torcida.
"¿Y qué quieres que haga, Alana? ¿Que la deje para que se quede con ese imbécil de Marc? ¿Para que viva esa mentira feliz mientras piensa en mí cada noche?"
"¡Pedro!" gritó Martina, incrédula.
"¡Joder!" La voz de Alana fue un rugido. "¡Tú no eres su salvación! ¡Eres su puta perdición!"
Yo sentía que las palabras me golpeaban en el pecho como cuchillas. Todo el aire que me quedaba empezó a escaparse de mis pulmones. Mi respiración se volvió más rápida, más superficial.
Y entonces, mi móvil empezó a sonar.
Marc.
Mi estómago se cerró como si me hubieran dado un golpe. La pantalla parpadeaba con su nombre, y el sonido de la vibración se mezclaba con los gritos de Alana y Pedro en el pasillo.
"¿Lo vas a coger?"
La voz de Pedro era cortante, cargada de veneno.
"¡Pedro, cállate ya!" gritó Alana.
Pero yo no podía responder. Mis dedos temblaban sobre el móvil. Mis oídos zumbaban. Mi respiración se volvió más rápida. Más corta.
Marc seguía llamando.
Mi pecho subía y bajaba frenéticamente. Me llevé las manos al cuello, intentando que entrara algo de aire. Pero nada.
"¡Ale!" Martina se giró hacia mí, con el rostro lleno de pánico. "¡Ale, respira!"
No podía.
No podía respirar.
Todo mi cuerpo empezó a temblar. Mi visión se nubló. El teléfono se me resbaló de las manos y cayó al suelo con un golpe sordo.
"¡Joder, está hiperventilando!" gritó Martina.
Martina corrió hacia mí y me sostuvo por los hombros.
"¡Alana, ayúdame!"
Alana apareció en mi campo de visión, con el rostro completamente desencajado.
"¡Ale, mírame!" La voz de Alana era firme, fuerte, pero cargada de urgencia. "¡Tienes que respirar! ¡Respira conmigo!"
Martina me agarró la cara entre las manos, sus dedos fríos contra mi piel ardiendo.
"¡Ale, mírame! ¡Inhala!"
Intenté hacerlo. De verdad que lo intenté. Pero el aire no entraba. Mis pulmones estaban cerrados, bloqueados.
"¡Joder!" Alana se dejó caer de rodillas frente a mí y me agarró las manos. "¡Ale, escucha! ¡Concéntrate en mí! ¡Cierra los ojos y respira!"
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Sentía el corazón golpearme contra las costillas como si fuera a romperme desde dentro.
"¡Respira, Ale!" La voz de Martina era desesperada.
Alana apretó mis manos con fuerza.
"Inhala."
Lo intenté.
"Exhala."
Mis labios temblaban.
"¡Vamos, Ale!"
Empecé a notar cómo el aire entraba en mis pulmones, aunque de manera inestable.
"Eso es," dijo Alana, suavizando la voz. "Eso es, cariño. Sigue así."
Martina me acarició el pelo, susurrando cosas que no llegaba a entender.
Mi respiración se estabilizó poco a poco. El zumbido en mis oídos empezó a desaparecer. Sentí mis extremidades dejar de temblar.
"Joder..." murmuró Alana, soltando mis manos y pasándose las suyas por el pelo. "Nunca más hagas esto, Ale."
Pedro seguía parado en la puerta. Sus ojos clavados en mí.
"¿Estás bien?" preguntó en voz baja.
Alana se giró hacia él, con el rostro lleno de rabia.
"¡Vete de aquí!" le escupió. "¡Ahora mismo!"
Pedro la miró, con las manos en los bolsillos y esa expresión neutra que tanto me frustraba.
"Pedro," dijo Martina, con el ceño fruncido. "Vete."
Pedro me miró una última vez. Su boca se curvó en esa sonrisa triste y rota que solo yo entendía.
"Ya hablaremos, Gordi."
Se dio la vuelta y salió por la puerta.
Martina y Alana se quedaron a mi lado, sin moverse, mientras yo intentaba recuperar el aliento.
"Esto tiene que parar, Ale," susurró Alana. "Te está destrozando."
Yo solo cerré los ojos y dejé que las lágrimas resbalaran por mi rostro.
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