ღ⤻ chapter fifteen (end)
09:57, 11 October 2025ღ⤻ Then tell the boss... that the mastermind doesn't show up by invitation.
El tiempo había pasado, y el mundo ya no era el mismo. Soo Ah desapareció sin dejar rastro, borrando su nombre de cada registro, su rostro de cada cámara, su historia de cada boca. Nadie supo cuándo ni cómo, pero en medio de la niebla, se alzó un nuevo imperio. Uno silencioso, calculado, con la precisión de una mente que conocía tanto la justicia como el crimen.De policía a traficante. De la ley al abismo.De la culpa al poder.
Dicen que nadie la vio venir. Que el rumor de "la nueva mente maestra" era solo un mito, una sombra entre los callejones. Pero ella estaba allí, vestida de negro y vino tinto, con detalles dorados que brillaban como advertencia. El poder la rodeaba, pero en sus ojos aún había una herida abierta: Moon Baek.
Cada noche, visitaba su habitación en silencio. Las máquinas zumbaban despacio, marcando el ritmo de un corazón que aún no despertaba.—Hoy cerré otro trato —susurró, con una sonrisa cansada—. Y lo hice justo como me enseñaste... sin fallar.Se acomodó junto a la cama, cruzando las piernas, encendiendo un cigarro que no pensaba fumar.—Dicen que debería dejarte ir, pero el cáncer ya lo está haciendo por mí. Y, ¿sabes? Es mejor así... no estás sufriendo. No como yo.
El sonido de un golpe seco la hizo detenerse. Un ruido en el pasillo. Soo Ah apagó el cigarro con calma y se levantó, deslizando su mano hacia el arma en su cinturón. Se movió con precisión, como un reflejo que no había perdido. El ruido volvió, más cerca.
Soo Ah se ocultó detrás de la cortina al lado de la ventana, observando. Una mujer rubia, extranjera, se reflejaba al otro lado del vidrio con una sonrisa que parecía saber más de lo que mostraba. Llevaba un abrigo claro y gafas oscuras, su porte hablaba de dinero y peligro.
Soo Ah salió en silencio por la puerta trasera de la habitación, rodeando el pasillo hasta quedar justo detrás de ella. El sonido del seguro del arma resonó suave pero cortante, y la mujer giró lentamente, encontrándose con sus ojos.
El contraste era brutal: Soo Ah, vestida de negro con destellos dorados en su abrigo largo, los labios rojos oscuros, el cabello recogido con firmeza y la mirada tan fría que podría detener un disparo.La mujer sonrió, sin miedo.
—¿Quién eres? —preguntó Soo Ah, su voz baja, precisa, con el dedo firme en el gatillo—. ¿Y qué demonios quieres?La rubia inclinó un poco la cabeza, como si le divirtiera la pregunta.—El jefe desea ver a la nueva mente maestra.
El silencio que siguió fue tan denso que solo las máquinas del cuarto al lado parecían respirar. Soo Ah bajó lentamente el arma, sin dejar de observarla.—Entonces dile al jefe... que la mente maestra no se presenta por invitación.
Pasaron meses desde aquella noche. La ciudad respiraba una paz tensa y Soo Ah se había vuelto un nombre que ya no aparecía en las noticias: su imperio crecía en la niebla, silencioso y letal. Moon Baek seguía en coma, pero ella lo había sacado del hospital y lo había instalado en una habitación amplia de aquel piso alto donde, por las noches, la ciudad se veía como una maqueta. Aquella mañana, mientras la luz entraba con cuidado, ella se inclinó sobre él y le habló en voz baja, como si pudiera arrancar respuestas de su silencio. Le contó cómo Lee Do cuidaba ahora del niño que salvaron —un chico duro con ojos tristes al que Lee Do había tomado como propio—, que la señora Oh se había recuperado y que el aniversario de Eunbi había sido, en su macabra perfección, un rito que la ciudad aún recordaba. Le dijo que Jungwook volvería a casarse y que la vida seguía, caprichosa, obligándolos a recomponer pedazos.
—Tengo miedo —murmuró ella, sin dejar de mirarlo—. Tengo miedo de no ser una buena madre otra vez.
Moon Baek no respondió, pero ella continuó, como si hablar desmenuzara el temor. Entonces, con manos que temblaban apenas, apartó la sábana y mostró su vientre: había pasado tanto tiempo que ya era evidente.
—Estoy embarazada de seis meses —dijo con una voz extraña, mitad cansancio, mitad esperanza—. Será un niño. Lo voy a llamar Young-kwang. Y voy a estar con él todos los días. Rezaré para que despiertes, porque necesita un padre que le enseñe a jugar baloncesto y a ser un líder, y no quiero que le robe la infancia que nos robaron a nosotros.
Se inclinó, besó la frente de Moon Baek con la ternura con la que antes besaba fotos enmarcadas, y lo dejó dormido en la penumbra del cuarto. Al salir, la vida real la esperaba: sus hombres trabajaban en las pantallas, los informes humedecían la mesa. Uno de los lacayos se acercó en voz baja.
—Tenemos problemas con un proveedor, jefa —informó—. Ha estado retrasando envíos y rumorean que habló con la competencia.
Soo Ah sonrió, una curva fría y calculada que no admitía dudas. Caminó delante de ellos hasta el ventanal, miró la ciudad como quien estudia un tablero. Luego cerró el puño y sin vacilar dijo con voz firme:
—Bien. Vamos a matarlo.
ღ⤻ Yo se que no están preparadaspara los dos extras que les prepareporque si, este es el final...
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