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ღ⤻ chapter fourteenth

09:54, 11 October 2025

ღ⤻ Who took away my happiness, who took away my life

La luz del día bañaba la ciudad con un brillo casi irreal. Entre el caos y los gritos, la gente corría como si el fin del mundo se anunciara. "Armas gratis", decían los noticiarios en cada pantalla, mientras las calles se llenaban de humo y desesperación. Lee Do avanzó entre el desorden con la mirada fija. Sabía exactamente a dónde ir. El teléfono vibró en su mano. En la pantalla, el nombre: Moon Baek. No contestó. No hacía falta. Porque al alzar la vista, vio a dos hombres esperándolo frente a un edificio de cristal negro, tan imponente como el silencio que lo rodeaba. Sin decir palabra, cruzó las puertas y subió al ascensor. El número de pisos aumentaba lentamente hasta detenerse en el último. Las puertas se abrieron, y ahí estaba él. Moon Baek, de pie, vestido completamente de blanco, el sol reflejándose en el ventanal detrás de él. Su expresión, tranquila. Demasiado tranquila.

—¿Por qué yo? —fue lo único que Lee Do logró decir.

Moon Baek sonrió con calma.

—Al principio... curiosidad. Tenía curiosidad por el "hombre de la residencia" —murmuró, caminando hacia él—. Pero al final... —hizo una pausa, levantando una ceja—, al final, fue un arma la que nos salvó la vida... incluso a tu hermana.

Lee Do frunció el ceño, sin entender. Las puertas del ascensor detrás de él se abrieron de nuevo. Y entonces la vio. Soo Ah. El vestido blanco se pegaba a su cuerpo manchado de sangre. Gotas rojas salpicaban la tela pura, cayendo desde su brazo hasta el suelo brillante. En su mano, un arma dorada, la misma que alguna vez fue símbolo de autoridad, ahora bañada en pecado. Sus ojos ya no eran los mismos. No había brillo, no había dulzura. Eran fríos, lejanos. Vacíos. Lee Do retrocedió un paso.

—Soo Ah... —susurró, apenas un hilo de voz.

Ella lo miró sin emoción, avanzando lentamente hasta quedar frente a él. Le acarició la mejilla, igual que cuando eran niños. Su toque fue suave... pero helado.

—No podía seguir viviendo viendo feliz a la primera persona que me arrebató la felicidad. No podía seguir sonriendo viendo feliz a quien me arrebató la vida.

Sus palabras cayeron como cuchillas, y antes de que Lee Do dijera algo más, ella besó su mejilla con ternura rota. Moon Baek se acercó despacio, su voz baja pero firme.

—Te mostraré el mundo que quiero. Siéntate y observa.

Tomó la mano de Soo Ah y la guió hacia el ascensor. Lee Do la llamó con desesperación, pero ella no se detuvo. Por primera vez en su vida, le dio la espalda. Mientras las puertas se cerraban, la vio por última vez, convertida en algo más. Ya no su hermana. Ya no la luz que una vez quiso proteger. Soo Ah, de blanco, con la mirada vacía y el alma teñida de rojo, sellaba su destino junto al hombre que la había transformado.

El estruendo era ensordecedor. Las sirenas, los gritos, los disparos que rebotaban en los muros rotos. Moon Baek y Soo Ah salieron del edificio observando el caos desatado por las cajas de armas repartidas en las calles. Gente arrastrándose, golpeándose por un pedazo de metal, por un instante de poder.Soo Ah se permitió respirar, caminando entre la multitud como si nada más importara. Porque, en el fondo, ya nada lo hacía. Su mirada recorría las caras desesperadas, las manos temblorosas, los cuerpos tendidos. Todo aquello que alguna vez fue humanidad, ahora no era más que ruido.

Moon Baek la observó en silencio. Ella tomó el camino de la derecha, él continuó recto. Por un instante, el mundo pareció detenerse entre ambos. Soo Ah se giró, deteniendo sus pasos. Vio el desorden, la locura, la forma en que las personas se destruían por sobrevivir. Y entendió que la paz jamás volvería. La esperanza era solo un juego cruel, una ilusión frágil que se desmoronaba con cada disparo. Al final, solo quedaba uno mismo.

Inspiró hondo, dejando que el aire mezclado con humo llenara sus pulmones. Dio unos pasos más, hasta que entre la neblina creada por una bomba alcanzó a distinguir dos figuras: su hermano y Moon Baek. El corazón se le apretó en el pecho. Por un momento pensó en bajar el arma, pero sus dedos se cerraron con fuerza sobre el gatillo.

Disparó.

El proyectil atravesó el aire y dio en el hombro de Moon Baek. Este se tambaleó hacia atrás, sorprendido, mientras Lee Do levantaba la vista con los ojos abiertos de par en par. Soo Ah simplemente sonrió, un gesto leve, quebrado. Asintió con la cabeza, como si todo tuviera sentido ahora. Entre el caos, se escuchó el llanto de un niño. Un sonido diminuto, humano, que rompió por un segundo el ruido de la guerra.

Moon Baek se volvió hacia ella, con los labios manchados de sangre. Intentó hablar, pero Soo Ah se acercó lentamente, dejando que el peso de su cuerpo lo sostuviera. Lo sostuvo entre sus brazos, y cuando él quiso pronunciar su nombre, ella lo interrumpió con un susurro.—La sangre se paga con sangre, mi amor.

Besó su frente, suave, casi con ternura. Y lo dejó cerrar los ojos mientras la neblina lo cubría todo.El caos seguía, la gente gritaba, el humo ascendía al cielo. Pero Soo Ah ya no escuchaba nada. Solo el silencio que viene después del final.

Los días pasaban lentos, como si el mundo estuviera intentando reconstruirse a pedazos. El país comenzaba a calmarse poco a poco; las calles, antes cubiertas de humo y ruinas, ahora respiraban un silencio extraño, casi incómodo. La guerra había dejado cicatrices, pero también una paz forzada, sostenida por el cansancio.

Soo Ah observaba todo desde la distancia. No formaba parte de nada, pero se mantenía al tanto de su hermano, de su nuevo papel entre los sobrevivientes. Lo veía desde lejos, vigilando que siguiera respirando, que aún quedara algo de humanidad en su mirada. No se atrevía a acercarse. No aún.

Su vida había tomado otro rumbo. Los días eran grises, pero estables. Se mantenía en movimiento, cumpliendo con las tareas que quedaban del viejo mundo de Moon Baek: cerrar tratos, limpiar nombres, borrar rastros. Era lo único que sabía hacer. Lo único que quedaba de él.

Moon Baek seguía con vida. En coma, inmóvil, prisionero de una habitación blanca y del disparo que ella misma le había dado. No fue mortal, aunque debió serlo. La bala rozó su hombro, atravesó parte de su pecho y se detuvo a centímetros del corazón. Los médicos decían que era un milagro. Soo Ah no sabía si agradecer o maldecir.

A veces lo visitaba, en silencio. Se sentaba junto a su cama, observando los tubos, el leve movimiento de su respiración.—Te prometí que no te dejaría sufrir —murmuraba—. Y míranos ahora.

Su voz se perdía entre el sonido constante del monitor. Lo miraba y se preguntaba si, en el fondo, él aún podía escucharla. Si en algún rincón de su mente seguía siendo el hombre que la sostuvo cuando todo ardía.La ciudad seguía girando. La gente seguía sobreviviendo. Y Soo Ah... seguía esperando.

ღ⤻ Soo ah es la rosario tijerascoreana ¡Aaauh!

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