BUENAS NOCHES
08:18, 18 March 2025Nota: No me moló nada el capítulo anterior, lo hice a la carrera. Entonces aquí cae un capítulo alternativo 🩷
—————————————————————————Volver a Madrid después de dos semanas en México fue... raro. Me esperaba sentir ese alivio de estar en mi espacio otra vez, en mi vida, con mis rutinas.
Pero en cuanto entré al piso que comparto con Martina, algo se sentía distinto. Frío. Distante. Como si algo hubiera cambiado en el aire, pero nadie se hubiera molestado en decírmelo.
Martina estaba rara. No fría, pero... demasiado ocupada. Me decía que tenía cosas de la U, que estaba cansada, que ya saldríamos otro día.
Y lo entendía, claro que lo entendía. Pero algo en sus ojos cuando me hablaba, en la manera en la que me sonreía, me hacía sentir que me estaba perdiendo algo.
Una tarde, decidí sorprenderla. Salí de clase antes y fui directo al campus donde ella tenía clases. Iba a proponerle ir a tomar algo, tal vez a cenar. Algo normal entre amigas. Pero lo que vi cuando llegué me dejó helada.
Martina estaba apoyada contra una columna, sonriendo, mientras Marc estaba frente a ella. Él la miraba con una expresión que conocía demasiado bien. Esa mirada intensa, sonrisa, ojos clavados como si el mundo se desvaneciera alrededor.
Ella le reía las bromas y él la tocaba de forma casual en el brazo, en la cadera. Una complicidad que iba mucho más allá de una simple amistad.
Mi corazón se detuvo un segundo, luego empezó a latir con fuerza.
Me quedé paralizada. Todo encajó de golpe: cómo Martina siempre había defendido a Marc cuando yo dudaba de él, cómo estaba tan insistente en que él era "un buen tío" y que "tenía suerte de que estuviera conmigo." ¿Desde cuándo? ¿Desde que estábamos juntos? ¿Desde que ella era la que me decía que confiara en él mientras ella...?
Me alejé antes de que me vieran. Mi mente iba a mil por hora. ¿Martina y Marc? ¿Alana sabía? ¿Estaba yo haciendo el ridículo mientras todos a mi alrededor sabían lo que pasaba menos yo? Me sentía traicionada. Estúpida.
Pero en vez de enfrentarla, hice lo que siempre hacía cuando las cosas iban mal: salí.
Esa noche, Alana me escribió para decirme que saldríamos a Fitz, en la calle Princesa. No quería ir. Pero si me quedaba en casa, me iba a volver loca pensando en Martina y Marc, así que me puse un vestido negro que apenas cubría lo suficiente, tacones altos y me pinté los labios de rojo. Si la noche iba a terminar mal, al menos que empezara con estilo.
El Fitz estaba lleno. El sonido del reguetón y la música electrónica vibraba en las paredes y en mis huesos. El aire olía a perfume caro, alcohol y sudor.
Las luces rojas y azules parpadeaban a través del humo y las sombras de los cuerpos que se movían pegados en la pista. Alana me arrastró hasta el VIP detrás del DJ, donde las copas de champán pasaban de mano en mano y las miradas eran demasiado intensas para ser casuales.
Y ahí estaba él. Pedro.
Estaba apoyado contra la pared, con una copa de whisky en la mano y el cuerpo relajado, pero su mirada era otra cosa. Tenía el pelo ligeramente despeinado, los rizos cayendo sobre su frente, y esa sonrisa ladeada que era puro peligro.
La camiseta blanca se pegaba a su pecho y la chaqueta negra abierta le daba un aire de estrella de rock, de chico malo que sabe que puede tener lo que quiera, cuando quiera.
Sentí que me miraba desde el momento en que entré. Pero no se movió. Solo se quedó ahí, con la copa apoyada en su pierna y esa mirada fija en mí que me hizo sentir el cuerpo caliente y la piel demasiado sensible.
"Te está mirando como si quisiera comerte entera," murmuró Alana, dándome un codazo.
Lo ignoré. Fingí que no lo había visto. Pero sabía que me estaba mirando. Sabía que él sabía que yo lo sabía. Y entonces, con una lentitud insoportable, levantó la copa hacia sus labios y tomó un sorbo, sin dejar de mirarme.
Joder.
Traté de concentrarme en bailar, en las luces y la música. Pero sentía su mirada sobre mí, recorriéndome el cuerpo de arriba abajo. Me mordí el labio, tratando de ignorar el calor que me subía por el cuello y bajaba por mi estómago.
De repente, sentí una mano en mi cintura. Me giré. Era él.
"¿No vas a saludarme?" preguntó, con esa voz grave que se le marcaba aún más con el acento canario.
"Estaba pensando en no hacerlo."
Pedro sonrió. "Mentira."
Se acercó más, tanto que sentí el calor de su cuerpo a través de mi vestido. Su mano bajó por mi espalda y me jaló suavemente hacia él.
"¿Qué haces?" susurré.
"Nada que tú no quieras," dijo en mi oído, con un tono de seguridad que hizo que mis rodillas temblaran.
Mi respiración se volvió inestable cuando sus labios rozaron mi cuello, su mano subió por mi cadera y mis dedos se cerraron en los rizos de su nuca. Cerré los ojos cuando su boca encontró la mía.
El beso fue lento, provocador. Su lengua rozó la mía con una confianza que me hizo derretirme en sus brazos. Sus manos se aferraron a mi cintura y yo me apoyé en él, sintiendo cada músculo de su cuerpo pegado al mío.
El ritmo de la música nos envolvía, y por un momento, solo existíamos él y yo.
Entonces, el destello de una cámara.
Un flash. Dos. Tres.
Pedro abrió los ojos y maldijo.
"Joder," murmuró.
Miré hacia la entrada del VIP. Un fotógrafo estaba alejándose rápidamente, y detrás de él, otros dos chicos con móviles en la mano grababan descaradamente.
Pedro pasó una mano por su pelo, respirando hondo. "Nos han pillado."
"¿Qué vamos a hacer?" pregunté, con el corazón todavía golpeando en mi pecho.
"¿Tú qué crees? Nada. Ya está hecho."
Y tenía razón. A la mañana siguiente, las fotos estaban en todas partes.
La primera mostraba a Pedro con su mano en mi espalda, nuestros labios a milímetros de distancia. La segunda era aún peor: yo con los ojos cerrados y la boca entreabierta, completamente rendida en su abrazo. El titular decía: "Quevedo y Ale: el regreso del caos."
Los comentarios en las redes sociales explotaron. Algunos decían que éramos una bomba de relojería, otros que Pedro estaba jugando conmigo, que ya era aburrido y repetitivo, otros que yo solo buscaba fama. Los vídeos en TikTok tenían millones de reproducciones en cuestión de horas.
Y ahí estaba yo, viendo cómo mi vida privada se convertía en el escándalo público del mes, de nuevo. Mientras Pedro me escribía:
Pedro: "No me odies."
A la mañana siguiente, me desperté con la cabeza palpitándome y el teléfono vibrando sin parar. Los mensajes y notificaciones explotaban en la pantalla.
Respiré hondo y dejé el teléfono boca abajo en la mesilla de noche.
Me puse una sudadera y me arrastré hacia la cocina, donde Martina estaba de espaldas, preparando un café. Llevaba el pelo recogido en una coleta baja y una camiseta enorme de la uni.
"Buenos días," dije, forzando una sonrisa mientras me sentaba en una de las sillas de la barra.
"Buenos días," respondió Martina, sin girarse.
Su tono era... plano. Distante.
Me mordí el labio, observando cómo preparaba su café con una precisión casi mecánica. La cucharita tintineaba contra la taza mientras removía la leche. Ni siquiera me miraba.
"¿Todo bien?" pregunté, intentando mantener la voz ligera.
Martina suspiró, dio un sorbo a su café y se apoyó en la encimera. "Sí, todo bien."
No. No estaba bien. Lo sabía. Lo sentía.
"¿Qué hiciste mientras estaba en México?" probé, observándola con atención.
Martina levantó la vista hacia mí, pero solo un segundo. Su mirada era fría. "Nada interesante."
"¿Saliste con alguien?"
"¿Por qué me preguntas eso?"
Encogí los hombros. "No sé... solo curiosidad."
Martina dejó la taza en la encimera con un golpe seco y me miró directamente. "No estoy saliendo con nadie."
"Vale," respondí, y recordé la imagen de ella y Marc.
El silencio se alargó incómodo entre nosotras. Solo se escuchaba el suave zumbido de la nevera. Martina volvió a dar un sorbo a su café y se quedó mirando a la pared, con la mandíbula apretada.
Me mordí el labio. "Han salido fotos de Pedro y yo en Fitz."
"Ya lo he visto."
"¿Y...?"
Martina giró la cabeza hacia mí y arqueó una ceja. "¿Qué quieres que te diga?"
"No sé... ¿qué piensas?"
Martina soltó una risa seca. "¿Que qué pienso?" Sus labios se curvaron en una sonrisa que no llegó a sus ojos. "Pues que tal vez te lo has buscado."
Mi pecho se tensó. "¿Perdona?"
Martina encogió los hombros, cruzándose de brazos. "Vamos, Ale. Si te metes con Pedro y hacéis ese numerito en público, ¿qué esperabas? ¿Que la gente no hablara?"
Me quedé helada. Sentí el calor subiéndome por la garganta.
"Martina, ¿qué coño te pasa?"
"Nada," respondió, con ese tono madrileño condescendiente que me ponía de los nervios. "Solo digo que no te puedes sorprender de que las fotos se hayan filtrado."
"Pero..." La miré directamente. "Tú no solías hablar así."
Martina me miró en silencio. Por un segundo, vi una chispa de algo en sus ojos: culpa, molestia... Pero se desvaneció rápido.
"Estoy siendo realista, Ale," dijo finalmente. "Pedro es famoso, tú estás con él... ¿Qué esperabas?"
Fruncí el ceño. "Creía que me ibas a apoyar."
Martina suspiró. "Lo hago."
"No, no lo haces."
Martina apretó los labios y miró hacia la ventana. La luz del sol entraba en líneas finas sobre la encimera de mármol.
"Simplemente no entiendo por qué te metes en esto otra vez," murmuró.
"Porque lo quiero."
Martina soltó una risa. "Ya. A ver cuánto dura eso esta vez."
"¿Perdona?"
Martina dejó la taza sobre la encimera y me miró directamente. Su tono era seco, su expresión dura. "¿Cuánto crees que va a durar, Ale? Pedro vive en un puto huracán. Hoy os estáis besando en el Fitz, mañana saldrá una noticia de que está con otra. ¿Te gusta eso?"
Me levanté de la silla. "Eso no es verdad."
Martina inclinó la cabeza hacia un lado. "Tú y yo sabemos que sí lo es."
Me sentí como si me hubieran dado una bofetada.
"¿Por qué me estás diciendo esto?"
Martina bajó la mirada. "Porque alguien tiene que hacerlo."
Me quedé helada. Martina nunca me había hablado así. Nunca.
"¿Por qué de repente estás tan... distante?" pregunté, con la voz temblorosa.
Martina parpadeó, y por un segundo, vi algo parecido a culpa en sus ojos. Pero desapareció rápido.
"No estoy distante," murmuró. "Simplemente... estoy siendo honesta."
"¿Honesta sobre qué?"
Martina negó con la cabeza y recogió su taza. "Nada. Olvídalo."
Y antes de que pudiera decir algo más, salió de la cocina, dejándome con el corazón golpeando con fuerza en el pecho y una sensación helada en el estómago.
There are no comments yet. Log in to be the first to leave a review!

