POLARIS
07:31, 10 March 2025Las semanas después de que Pedro se fue a Puerto Rico fueron extrañas. Al principio me escribía todos los días. Mensajes simples, directos, pero dulces.
"Buenos días, guapa.""¿Cómo te fue en la U?""¿Ya me echas de menos?"
Y yo respondía. No con la misma intensidad, pero lo hacía.
"Bien.""No.""Tal vez."
Pero después de unos días, sus mensajes empezaron a espaciarse. Ya no me escribía cada mañana ni me llamaba por las noches. Pasaron de ser constantes a ocasionales. Un "¿qué tal?" de vez en cuando. Luego, ni siquiera eso.
Una noche, estaba en mi cama, viendo las historias de Instagram, cuando me apareció una foto de Pedro. Estaba en una terraza con vistas al mar, rodeado de gente. A su lado había una chica, morena, con el pelo largo y un vestido ajustado color rojo. Las cuentas de fans explotaron.
"¿Quién es ella?""¿Pedro con nueva novia?""¿Qué pasó con la chica de Madrid?"
Bloqueé el teléfono y me dejé caer de espaldas sobre la cama. "¿Lo viste?" dijo Martina desde su cama. "Sí."
"¿Vas a decir algo?"
"¿Y qué quieres que diga?" Martina dejó su teléfono sobre la mesita de noche y me miró con el ceño fruncido. "Que es un capullo."
"No es mi novio."
"Ya, pero os estabais viendo. Y después de todo, ¿ahora va y se deja ver con otra tía?" Me encogí de hombros, aunque sentí un nudo en el pecho.
"Tal vez solo es una amiga."
"O tal vez está jugando contigo." Suspiré y me tapé la cara con las manos. "No quiero hablar de esto."
Martina bufó. "¿Y qué vas a hacer entonces?" Me levanté de la cama y me dirigí hacia el armario. "Salir."
"¿Salir?" Martina arqueó una ceja. "¿A dónde?"
"A donde sea."
"Ale..."
"No quiero quedarme aquí pensando en esto."
Martina se quedó callada un momento y luego sonrió. "Vale, pues me visto en cinco minutos."
Salimos con Alana y Martina a un bar en Chueca. El lugar estaba lleno de gente, la música retumbaba y el aire olía a alcohol y perfume caro. Me apoyé contra la barra mientras Martina pedía unas copas. Alana estaba al lado de un chico que claramente estaba intentando ligar con ella, pero ella solo lo miraba con desinterés.
Martina me pasó un gin tonic y levantó su copa. "Por olvidarnos de los capullos." Alana alzó la suya también. "Y por que Pedro se quede en Puerto Rico."
Me reí y brindamos. Me tomé el gin tonic de un trago. Sentí el ardor bajando por mi garganta, la calidez inmediata en el pecho. No debería estar tomando. Lo sabía. Pero necesitaba algo que adormeciera la sensación de vacío que me había dejado el rumor de Pedro con otra.
Martina me miró de reojo. "¿Estás bien?"
"Perfectamente." sonreí, aunque no lo sentía.
Bailamos. Me dejé llevar por el ritmo, por la sensación de las luces moviéndose sobre mi piel, por el alcohol que corría por mi cuerpo, haciéndome sentir ligera y libre.
Un chico se me acercó y me habló al oído. No le entendí bien, pero sonreí y le seguí el juego. Sabía que Martina y Alana me estaban mirando, pero no me importaba. Solo quería dejar de pensar. De pensar en Pedro. En él con otra chica. En él olvidándose de mí.
"¿Otra copa?" me preguntó el chico. "Sí."
Me la pasaron y me la tomé rápido. La música sonaba cada vez más fuerte y el chico puso sus manos en mi cintura. Me giré hacia él, dejando que me acercara, pero en ese momento sentí una mano en mi brazo.
"Ale, basta." Era Alana. Me miraba con el ceño fruncido, claramente molesta.
"¿Qué?" pregunté, arrastrando las palabras. "Vámonos."
"No quiero."
"Estás borracha."
"Estoy bien."
Alana me agarró la muñeca.
"Venga, Ale."
"¡Suéltame!"
El chico me miró incómodo y dio un paso hacia atrás. Alana no se movió.
"Ahora."
Resoplé, pero dejé que me sacara de ahí. Martina nos siguió, claramente preocupada. Caminamos por las calles de Chueca en silencio. Sentía las luces de la calle girando a mi alrededor, las voces lejanas de la gente y el aire frío golpeando mi cara.
Cuando llegamos al piso, me dejé caer en el sofá. Martina y Alana se quedaron de pie frente a mí.
"Esto no está bien, Ale." dijo Alana. "No sé de qué hablas."
"Pedro te está afectando."
"No."
"Sí."
Suspiré y cerré los ojos.
"No importa."
"Sí importa." dijo Martina, con los brazos cruzados. "Te gusta Pedro."
"No."
"¡Tu palabra favorita es no coño! Admítelo e una vez."
Abrí los ojos y las miré. "Aunque me guste, ¿qué importa? Está en Puerto Rico. Con otra chica, aparentemente."
Martina negó con la cabeza. "No tienes que hacer esto otra vez."
"¿Hacer qué?"
"Descontrolarte cada vez que las cosas no salen como quieres."
"No me estoy descontrolando."
Martina y Alana se miraron. Alana se sentó a mi lado y me tomó la mano. "Sabes que no es cierto."
No dije nada. Sabía que tenían razón, pero no quería admitirlo. Pedro me había hecho sentir algo que no había sentido en mucho tiempo: seguridad. Y ahora se estaba alejando.
"Déjalo." Dijo Martina. "Si le importas, volverá."
"Y si no vuelve..." dije, casi en un susurro. "Si no vuelve, que le jodan." dijo Alana.
No pude evitar sonreír. Pero en el fondo, sabía que no sería tan fácil. Porque si algo tenía Pedro, era esa manera de quedarse en mi cabeza incluso cuando no estaba. —————————————————————————Un mes y medio después, mi vida había vuelto a la rutina. Las clases, las noches de fiesta con Martina y Alana, los trabajos en grupo... Todo parecía estable. Al menos en la superficie.
"¿Y qué vas a hacer el fin de semana?" preguntó Hugo, apoyándose en la mesa frente a mí.
Estábamos sentados en una de las mesas de la cafetería de la U. Hugo era alto, rubio, con una sonrisa fácil y una seguridad que a veces me ponía nerviosa.
Nos habíamos hecho amigos en clase de Economía, y llevaba semanas insinuando que quería algo más. Pero yo me mantenía en la línea.
"No lo sé." Sonreí, intentando sonar despreocupada.
"Podríamos salir a cenar." Le sostuve la mirada. "¿Estás intentando invitarme a una cita?" Hugo se rio.
"¿Dependería de la respuesta que te diera?"
"Tal vez."
"Entonces sí."
Sonreí, pero antes de que pudiera responder, sentí que mi teléfono vibraba en el bolsillo de mi chaqueta. Lo saqué y vi un mensaje de un número guardado pero que no veía desde hacía semanas.
Pedro: "Adivina dónde estoy."
Fruncí el ceño y abrí la foto que venía adjunta. Mi estómago se encogió al reconocer el edificio de mi universidad. La misma fachada, el mismo pasillo donde yo estaba sentada ahora.
Miré hacia la entrada y lo vi.
Pedro.
De pie, apoyado contra el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos y una sonrisa torcida en la cara. Llevaba una camiseta blanca, unos pantalones oscuros y unas gafas de sol en el pelo. Su presencia hizo que todo el aire en la sala se volviera denso.
"¿Todo bien?" preguntó Hugo, mirándome con curiosidad. "Sí... solo que..." No puede tronar la frase. "¿Solo que qué?"
Pedro empezó a caminar hacia mí. La sonrisa en su cara no se borró ni un segundo.
"¿Qué pasa, Ale?" insistió Hugo.
Pedro llegó hasta nuestra mesa y miró a Hugo con una expresión que rozaba el desafío.
"¿Interrumpo algo?" dijo Pedro, su acento canario más marcado de lo habitual. Hugo frunció el ceño.
"¿Y tú quién eres?"
Pedro se rio, pero no contestó. Sus ojos se posaron en mí. "Hola, guapa."
"¿Qué haces aquí?" dije, levantándome de la mesa. Pedro dio un paso hacia mí, ignorando por completo a Hugo.
"Te dije que iba a volver." "Sí, hace un mes y medio."
Pedro se encogió de hombros.
"Bueno, ya sabes cómo es esto."
"No, no sé." dije, cruzándome de brazos. "¿Se te rompió el móvil? ¿Te secuestraron? ¿Qué excusa tienes?"
Pedro sonrió, pero sus ojos se oscurecieron. "Estaba ocupado."
"Ya."
Pedro miró de reojo a Hugo, que seguía de pie, observando la escena con evidente molestia.
"¿Quién es este?" preguntó Pedro.
"Hugo." contestó Hugo, adelantándose un paso. Pedro lo escaneó de arriba abajo. "¿Tú eres el plan B o qué?"
"¿Perdona?" Hugo arrugó la frente. "¿Estabas intentando quedar con ella?"
"¿Y si lo estaba haciendo?" Pedro sonrió con malicia y negó con la cabeza. "Vaya."
"Pedro, para." le advertí. "¿Para qué?" Pedro me miró directo a los ojos. "¿No te parece mono tu amiguito?"
"No es mi amiguito." dije entre dientes. "Oh, claro, claro..." Pedro levantó las manos en señal de paz. "Solo el plan de reserva."
Hugo dio un paso hacia Pedro. "¿Tienes algún problema?"
Pedro sonrió
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