PIEL DE CORDERO
01:01, 10 March 2025La cena terminó, Pedro me dejó en mi piso, tenía un sabor agridulce. El fue todo un caballero, por fin logramos hablar y conocernos más allá de las fiestas y el deseo. Pero Sofía nos arruinó la noche.
Cuando llegue a casa Martina no estaba, así que opté por ir directo a la cama.
El sonido de la lluvia golpeando contra el cristal me despertó. La tenue luz de la mañana entraba por las cortinas de mi habitación en Madrid. Sentí el peso de la noche anterior todavía en mis huesos. La voz de Sofía seguía resonando en mi cabeza, con ese tono venenoso y condescendiente que siempre usaba cuando quería hacerme sentir pequeña.
Me levanté lentamente y me acerqué a la ventana. Afuera, las calles de Salamanca ya estaban llenas de vida. La gente caminaba con prisa, las terrazas de las cafeterías comenzaban a llenarse, y los coches pasaban veloces. Todo parecía tan lejano, tan diferente a lo que alguna vez fue mi vida.
Pero la mente es traicionera. Porque, mientras miraba la calle, me llegó el recuerdo nítido de otra mañana, otra ventana, otro lugar.
Valle de Bravo, hace dos años
El aire olía a madera mojada y a tierra. La cabaña estaba en silencio, pero mi cabeza zumbaba con el eco de la música que aún resonaba en mis oídos. Me desperté en el suelo, envuelta en una manta que no recordaba haber usado. Mi garganta estaba seca y mi cuerpo pesado.
"¿Qué hora es?" murmuré, levantándome con dificultad. "Tarde."
Sofía estaba sentada en el sofá de piel, con las piernas cruzadas y una copa de vino tinto en la mano. Llevaba el mismo vestido de la noche anterior, pero su maquillaje seguía perfecto. Sofía siempre parecía perfecta, incluso cuando la noche anterior había sido un desastre.
"¿Qué pasó?" pregunté, masajeándome las sienes.Sofía soltó una risa seca. "Otra noche épica."
Me quedé en silencio, mirando alrededor de la cabaña. Había botellas vacías en el suelo, restos de polvo sobre una mesa de vidrio, y un par de cuerpos dormidos en el sofá al fondo. La cabaña estaba hecha un desastre.
Me levanté con dificultad y sentí que el estómago me daba vueltas. "¿Dónde están todos?"
"Algunos se fueron. Otros todavía están durmiendo. Igual que tú."
Intenté recordar los detalles de la noche anterior, pero solo llegaban imágenes borrosas. Sofía bailando en la mesa, alguien sirviéndome un trago tras otro, mis risas descontroladas, el sonido de la música... Después, nada.
"¿Dije algo?" Sofía levantó una ceja. "Dijiste muchas cosas. Pero tranquila, nada que no hayamos escuchado antes."
Sentí una presión en el pecho. "¿Qué significa eso?"
Sofía se levantó y caminó hacia la ventana. Se giró para mirarme, con esa expresión de superioridad que siempre me hacía sentir una mezcla de vergüenza y rabia.
"Significa que estamos hartos, Ale." Mi respiración se detuvo. "¿Qué?"
"Todo el mundo está harto de esto." Sofía extendió las manos hacia el desastre que era la cabaña. "De tener que cargarte cada vez que te pierdes, de asegurarnos de que no termines en una ambulancia o con un tipo que ni siquiera sabes cómo se llama."
Me quedé paralizada.
"No es para tanto."
"¿No es para tanto?" Sofía soltó una risa fría. "¿Recuerdas cuando desapareciste en la boda de Mariana? Tardamos dos días en encontrarte. Estabas en el cuarto de un tipo que ni siquiera hablaba español. ¿Y qué tal la vez que te llevaron a urgencias por intoxicación alcohólica?"
"Eso fue hace meses."
"Fue el mes pasado, Ale."
Mi corazón se aceleró. "¿Por qué me dices esto ahora?" Sofía se acercó, con una sonrisa que no era para nada amable.
"Porque ya no nos podemos permitir seguir salvándote."
"¿Nos?"
"¿Crees que tus papás no saben todo esto? ¿Que no han recibido llamadas de hoteles, de seguridad privada, de la policía?"
El estómago se me hundió. "No puede ser..."
"Oh, sí. Y anoche fue la gota que colmó el vaso."
"¿Qué hice anoche?"
Sofía dio un paso atrás, con una sonrisa cruel. "¿No te acuerdas? A lo mejor es mejor que no lo recuerdes."
Me llevé las manos a la cara. "Necesito aire." Intenté salir de la cabaña, pero Sofía me detuvo. "Tus papás están de camino."
"¿Qué?"
"Sí. Les llamaron anoche. Creo que ya tuvieron suficiente."
"¿Suficiente de qué?"
"De ti."
Sentí el golpe directo en el pecho. El ruido de un coche acercándose por el camino de piedra me hizo girar la cabeza hacia la ventana. Vi el auto negro de mi papá estacionándose frente a la cabaña.
"Diles que estoy bien." dije, intentando caminar hacia la puerta. "No te lo van a creer."
La puerta se abrió y vi a mi madre bajarse del coche. Iba vestida perfectamente, con su cabello recogido y esas gafas enormes que siempre usaba para cubrirse el rostro. Mi papá se bajó detrás de ella, con el rostro serio y la mandíbula tensa.
"Alejandra." dijo mi mamá, con esa voz fría que solo usaba cuando las cosas estaban realmente mal. "Estoy bien." dije, aunque mi voz sonaba débil incluso para mí misma.
"No, no lo estás." Mi papá dio un paso hacia mí y vi el cansancio en sus ojos. El tipo de cansancio que no desaparece con unas horas de sueño.
"Vamos a arreglar esto." dijo él. "¿Cómo?"
"Centro de rehabilitación." dijo mi madre, directamente. "¡No!"
"No hay discusión, Alejandra."
"No puedo..."
"Tienes que hacerlo." dijo mi padre, con una firmeza que me hizo sentir aún más pequeña. "O puede haber otra opción." dijo Sofía desde el fondo.
Todos la miramos.
"¿Otra opción?" preguntó mi madre.
"Sacarla de aquí." dijo Sofía. "Que empiece de nuevo. En otro sitio. Lejos de todo esto."
"¿Qué estás sugiriendo?" preguntó mi papá.Sofía sonrió ligeramente. "España está bastante lejos, ¿no creen?"
Me quedé paralizada.
"¿España?" Mi madre me miró fijamente. "Podría funcionar." Sofía se encogió de hombros.
"O podría ser un desastre." Mi padre suspiró. "Haremos los arreglos."
"Papá, no."
"Esto se acabó, Alejandra."
Quería gritar, quería protestar, quería decir que yo tenía el control de mi vida. Pero sabía que no era verdad. Y así fue como terminé en Madrid.
Tenía varias notificaciones de Instagram, algunos mensajes de Alana y Martina, y una de Sofía.
Sofía: "¿Estás despierta? Tenemos que vernos. Para recuerdas viejos tiempos. Quiero conocer a Pedro. Llámame."
Sentí una punzada en el pecho. El simple hecho de ver su nombre en mi pantalla me hacía sentir ese vacío incómodo en el estómago, como si de repente todo el proceso de empezar de nuevo en Madrid no hubiera servido de nada. Me quedé viendo el mensaje, con los dedos sobre la pantalla, pero no contesté.
El teléfono vibró de nuevo. Esta vez era una llamada. Pedro.
Dudé un segundo antes de responder.
"¿Hola?" dije, con la voz aún un poco ronca por el sueño. "Ey, ¿cómo estás?" Pedro sonaba relajado, pero su voz tenía ese tono cálido y ligeramente grave que me hacía sentir tranquila.
"Bien." mentí. "Ya, venga, ¿en serio?" Me mordí el labio. "Fue una noche complicada."
"Ya, lo sé. Por eso llamo." Pedro hizo una pausa. "Ayer no terminó tan guay, pero quiero verte. Puedo pasar a buscarte, te invito a comer, o a tomar algo."
"No puedo." me apresuré a decir. "¿No puedes o no quieres?" preguntó él, con ese tono travieso que ya le conocía. "No puedo. Tengo que ir a la uni."
Pedro soltó una risa baja. "Vaya, qué aplicada. ¿Desde cuándo?"
"Desde que decidí dejar de ser una irresponsable."
"Lo dices como si te creyera."
Puse los ojos en blanco, pero sonreí. "En serio, Pedro. Tengo que irme."
"Vale, pero esto no queda aquí, ¿eh? Esta noche quiero verte."
"Ya veremos."
"¿Ya veremos?" Pedro se rió. "Claro, si es que puedes resistirte a mí."
"Eres imposible."
"Y tú estás perdiendo tiempo conmigo en vez de estar yendo a clase." Rodé los ojos.
"Adiós, Pedro."
"Hasta luego, Gordi."
Colgué y me quedé mirando el teléfono un momento. Pedro tenía esa manera de meterse en mi cabeza y hacer que todo pareciera más simple de lo que realmente era. Pero nada era simple cuando Sofía estaba de por medio.
Salí de la cama y me fui directo a la ducha. El agua caliente me ayudó a despejarme un poco, pero la sensación de incomodidad seguía ahí, adherida a mi piel como una sombra.
Me recogí el pelo en una coleta y fui a la cocina, donde Martina estaba sentada en la barra, comiendo un croissant y revisando su teléfono.
"Buenos días." dije, mientras me servía un café. Martina me miró por encima del móvil. "Buenos días, princesa de España."
"¿Qué?"
"Las redes están explotando. ¿Tienes idea de la cantidad de cuentas de fans que están diciendo que Quevedo fue a buscarte al rooftop?"
"Ay, no." me cubrí la cara con las manos. "No quiero saber nada de eso."
"Demasiado tarde." Martina se rió. "Por cierto, estás oficialmente etiquetada como 'la nueva chica misteriosa'."
"¡Perfecto!" dije con sarcasmo. Martina dejó el teléfono en la mesa y me miró con esa sonrisa traviesa que siempre ponía cuando estaba tramando algo.
"¿Entonces qué pasó después de que te llevamos a casa?" Suspiré y me senté frente a ella, dando un sorbo a mi café. "Pedro me llamó."
Martina abrió mucho los ojos. "¡¿Te llamó?! ¡Tía, eso ya es serio!"
"No es serio."
"Si un chico te llama al día siguiente de una noche así, es porque le importas."
"O porque le gusta el drama."
"O porque le gustas tú."
La miré y rodé los ojos.
"En serio, no es nada."
"Claro." Martina se rió. "Entonces, ¿por qué sigues sonriendo como una idiota?"
"Porque me hace sentir bien."
Martina apoyó los codos sobre la mesa y me miró con una expresión calculadora.
"¿Y qué pasa con Sofía?"
Mi sonrisa desapareció.
"Me escribió esta mañana."
Martina frunció el ceño.
"¿Qué quiere?"
"Verme. Dice que quiere conocer a Pedro."
"No." Martina se enderezó. "Ni de coña."
"Lo sé."
"Tía, esa chica fue una víbora contigo. ¿De verdad quieres abrirle la puerta otra vez?"
"No sé."
Martina suspiró y apoyó una mano sobre la mía.
"Mira, si te soy sincera, no me gusta nada cómo suena eso. ¿Por qué de repente tiene interés en Pedro?"
"Porque Pedro es famoso."
Martina levantó una ceja.
"Exacto. Y porque quiere algo de ti."
Me quedé en silencio, removiendo mi café. Sabía que Martina tenía razón. Sofía nunca hacía nada sin un propósito oculto. Si quería acercarse a Pedro, era porque había algo detrás.
"¿Qué vas a hacer?" preguntó Martina. "No lo sé."
"Yo que tú la mandaría a la mierda." Me reí.
"Martina..."
"Lo digo en serio."
"Tal vez lo haga."
Pero en el fondo sabía que si Sofía había decidido reaparecer en mi vida, las cosas no iban a ser tan simples como simplemente ignorarla.
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