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CALLO LA NOCHE

00:07, 10 March 2025

El sol que entraba por las enormes ventanas del salón me golpeó directo en la cara, haciéndome entrecerrar los ojos. Mi cabeza palpitaba con fuerza y el gusto metálico del alcohol seguía presente en mi boca. La resaca estaba oficialmente instalada.

Martina estaba tirada en el sofá, con una manta tapándole la cara y su pelo enredado sobresaliendo por todos lados. Alana estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, bebiendo café de una taza grande.

"¿Qué hora es?" pregunté, mi voz áspera por el sueño y el alcohol. "Las doce." respondió Alana, sin levantar la vista de su teléfono.

"Dios mío."

"Y no te imaginas lo que está pasando en Instagram." dijo Alana, dejando el móvil en la mesa y mirándome con una sonrisa de suficiencia. "¿Qué pasó?"

Martina gruñó desde debajo de la manta. "Pedro."

"¿Qué hizo Pedro?"

Alana agarró el teléfono y lo giró para que viera la pantalla. Había una foto de Pedro ayudándome a salir del coche anoche, su mano en mi cintura, su expresión seria mientras me guiaba hacia el edificio. El titular decía: "Quevedo y la misteriosa chica de Salamanca."

"Joder."

"Esto se va a poner interesante." rió Alana.

Mi teléfono vibró en la mesita de centro. Lo agarré y vi su nombre en la pantalla. Pedro. Suspiré y deslicé el dedo para desbloquear el mensaje:

Pedro: "¿Resaca?"

Fruncí el ceño y escribí:

Ale: "¿Cómo sabes que estoy viva?"

Pedro: "Te dejé en la puerta de tu piso. No me habrías dejado irme si estuvieras muerta."

Rodé los ojos.

"¿Qué te ha puesto?" Alana se inclinó sobre mi hombro para mirar la pantalla. "Está siendo simpático."

Martina levantó la manta de su cara lo justo para decir: "Te va a invitar a salir."

Ale: "¿Y tú qué tal?"

Escribí, ignorando a Martina.

Pedro: "Perfecto. Aunque creo que te debo una noche más tranquila."

"¡Te dije!" exclamó Martina, golpeando la mesa con emoción.

Pedro; "¿Y qué tienes pensado para hoy?"

"Ni loca le vas a decir que sí tan fácil." dijo Alana, robándome el teléfono de las manos. "¡Alana!"

"Tranquila, solo lo haré más interesante." Alana tecleó algo y me devolvió el teléfono. Miré la pantalla y leí el mensaje:

Ale: "No sé si me has dejado en condiciones para salir otra vez tan pronto."

"¡Alana!" Martina soltó una carcajada. Pedro respondió casi al instante:

Pedro: "Venga, mexicana. No te hagas la difícil." "No me hagas llamarte para convencerte."

"Está desesperado." comentó Alana, divertida. Suspiré y me dejé caer sobre el sofá, llevándome una mano al rostro.

"Ya veremos." Alana me miró con cara de triunfo. Martina seguía tirada en el sofá, pero pude ver la sonrisa en su rostro.

"Lo tienes comiendo de tu mano." dijo Alana. "No lo sé."

"No te hagas la tonta, Ale." Mi teléfono vibró de nuevo.

Pedro: "A las ocho. Ponte guapa."

Suspiré y dejé el teléfono sobre la mesa.

"¡Te ha dado una hora!" exclamó Martina. "Ni siquiera dije que sí."

"Pero tampoco dijiste que no." Alana sonrió. "Y él lo sabe."

POR LA NOCHE

A las siete y media, estábamos en mi habitación, con Alana y Martina revolviendo mi armario en busca de algo perfecto.

"Esto." Alana sacó un vestido negro ajustado. "Demasiado revelador."

"Justo lo que necesitas." dijo Martina, tirándome el vestido sobre la cama.

Me vestí sin discutir demasiado y Alana me hizo ondas suaves en el pelo mientras Martina me pasaba su gloss favorito. Me miré al espejo. El vestido negro me marcaba la cintura y el escote era lo justo para llamar la atención sin parecer obvio.

"Tienes pinta de peligro." dijo Alana, satisfecha. "Él también." Mi teléfono vibró de nuevo.

Pedro: "Estoy abajo."

Martina y Alana me miraron emocionadas.

"¿Vas a ir?" preguntó Alana. "¿Qué otra opción tengo?"

Salí del ascensor y ahí estaba él, apoyado contra un coche negro, las manos en los bolsillos de sus jeans. Llevaba una camiseta negra ajustada y una gorra que le cubría parte de la cara. Cuando me vio, sonrió de lado. "Hora de irnos."

Abrí la puerta del coche sin decir nada y entré. Pedro entró detrás de mí, cerrando la puerta.

"¿No vas a decir nada?" le pregunté, cruzándome de brazos. "Estás guapísima."

"Lo sé." Pedro sonrió y se inclinó hacia mí, su brazo apoyado en el respaldo de mi asiento. "¿Estás nerviosa?"

"No."

"¿Segura?"

"Segura."

"Ya." Pedro sonrió. "Entonces, ¿por qué estás apretando tanto las manos?"

Lo miré de reojo y solté las manos inmediatamente. Pedro soltó una risa baja y deslizó su mano sobre la mía.

"Relájate Gordi."

"No me llames así."

"Vale." Pedro me miró de reojo. "Ale."

Me mordí el labio, intentando no sonreír. Pedro entrelazó sus dedos con los míos y miró hacia la calle por la ventana. "Te vas a arrepentir de esto."

Pedro sonrió, girando la cabeza para mirarme directamente. "Lo dudo mucho."

El restaurante era de esos lugares exclusivos en Madrid, donde solo conseguías una mesa si conocías a alguien o si tu apellido pesaba más que una tarjeta platino. Pedro y yo entramos y de inmediato sentí varias miradas girándose hacia nosotros.

No me extrañaba: Pedro destacaba. La gorra que llevaba apenas le cubría lo suficiente para que la gente dudara si era él o no, pero la seguridad con la que caminaba y la forma en la que el personal lo saludó al entrar, lo confirmaba todo.  

El anfitrión nos llevó a una mesa al fondo, lejos de las miradas curiosas, pero yo sentía las miradas clavadas en mí de todos modos.

Pedro deslizó la silla para que me sentara.

"Caballero." dije con una sonrisa burlona. Pedro se encogió de hombros. "Aprovecha que soy así de majo."

Me senté y él hizo lo mismo frente a mí. El restaurante tenía una iluminación baja y cálida, perfecta para crear un ambiente íntimo. Pedro me miraba mientras ojeaba el menú, con esa media sonrisa que ya estaba empezando a conocer demasiado bien.

"¿Te vas a decidir o vas a dejar que pida por ti?" preguntó él. "Pide tú." Pedro levantó una ceja.

"¿Estás confiando en mí? Mala idea."

"Veremos."

Pedro hizo el pedido en un español rápido y seguro, con ese acento canario que empezaba a hacerme efecto de una forma que no quería admitir. Me mordí el labio y me recosté ligeramente sobre la mesa, mirándolo mientras hablaba con el mesero.

Todo iba demasiado bien. Y eso me ponía nerviosa.

Entonces la vi.

Cabello rubio perfecto. La ropa cara, discreta pero perfectamente reconocible para alguien que sabía de moda. Su perfume llegó hasta mi mesa antes de que ella me viera.

"Alejandra."

Mi corazón se detuvo.

"¿Sofía?"

Sofía sonrió, pero no de una forma amable. La clase de sonrisa que reconocía perfectamente, porque yo también la había usado en el pasado.

"¿Qué haces aquí?" preguntó, como si Madrid no fuera lo suficientemente grande para las dos. "Vivo aquí." respondí, tensa.

"¿En serio?" dijo, y sus ojos se deslizaron hacia Pedro. La forma en la que lo escaneó me hizo sentir incómoda. Sofía se acercó un paso más hacia nuestra mesa. "¿Con compañía, veo?"

Pedro levantó la mirada y la recorrió de arriba abajo, pero con la misma indiferencia con la que miraba una copa vacía.

"Pedro." dijo él, en tono neutro. "Sofía." respondió ella, tendiéndole la mano con una sonrisa demasiado amigable. Pedro la miró un segundo antes de darle la mano, sin mucho interés.

"¿Nos conocemos?" preguntó él, con esa sonrisa medio burlona. "No, pero estaría bien." dijo Sofía, sonriendo demasiado.

Me dieron ganas de rodar los ojos, pero me contuve. Sofía volvió a mirarme, y su sonrisa se volvió aún más afilada.

"¿Cómo te ha ido con... ya sabes?" Pedro frunció el ceño. "¿Con qué?" preguntó él.

"Con el alcoholismo." dijo Sofía, con una dulzura venenosa. El aire me abandonó los pulmones.

Pedro dejó caer la mano sobre la mesa y me miró, serio. "¿Perdona?"

"Sofía." dije, entre dientes. "Oh, vamos, Ale. No te hagas. ¿No recuerdas nuestras noches en Polanco? ¿Las fiestas en Las Lomas? ¿O los fines de semana en Valle de Bravo? Bueno, lo más probable que no, siempre se te pasaban las copas. ¿Por eso huiste? "

Mi estómago se contrajo. Claro que lo recordaba. Las fiestas que no terminaban nunca, el vodka que corría como agua, las líneas de polvo sobre la mesa de cristal, el ruido constante de la música y de mi propia mente descontrolada.

Sofía me miraba como si disfrutara ver la incomodidad en mi rostro. "Ah, y ¿te acuerdas cuando desapareciste por tres días? Todos estábamos preocupadísimos. Creíamos que te habían secuestrado, pero no, resulta que estabas en la casa de ese futbolista..."

"Ya basta." dije, mi voz tensa. Pedro me miraba, confundido pero atento. "Solo quería recordar viejos tiempos, mejor amiga." Sofía le sonrió a Pedro. "Ale era la mejor en las fiestas. Imparable."

Pedro se reclinó en su silla, observando la escena con calma. "Ya no soy esa persona." dije, con frialdad.

Sofía sonrió. "¿Seguro?" dijo, y su mirada recorrió el vestido que llevaba puesto. "No parece."

Pedro se aclaró la garganta y dijo: "Bueno, gracias por pasarte, pero creo que estábamos en algo."

Sofía lo miró con una mezcla de sorpresa y fastidio. "Claro." dijo. Luego miró a Pedro de arriba abajo. "Si te cansas de ella, es normal, no es fácil liderar con adictos."

Pedro soltó una risa seca. "Dudo que pase."

Sofía me miró una última vez, con esa expresión de suficiencia que tanto conocía, antes de alejarse, moviendo las caderas con demasiada intención.

Sentí las manos temblorosas y miré hacia la mesa. Pedro no dijo nada durante unos segundos. "¿Estás bien?"

Asentí lentamente, pero Pedro no parecía convencido. "¿Todo eso que ha dicho es verdad?"

No pude mirarlo a los ojos. "Fue otra vida." Pedro se acercó un poco más, apoyando el brazo sobre la mesa.

"No me importa quién hayas sido antes." Lo miré, insegura. "¿En serio?" Pedro asintió. "Te lo prometo."

Respiré hondo, intentando borrar la sensación de Sofía y su voz venenosa de mi mente. Pedro me tomó la mano sobre la mesa y la apretó suavemente.

"Eres otra persona ahora, ¿no?" Lo miré a los ojos y asentí. "Sí." Pedro sonrió levemente.

"Entonces vamos a dejar el pasado en el pasado." Sonreí un poco y dejé que me acariciara los dedos con el pulgar.

Pero en el fondo, sentía que el pasado no iba a quedarse atrás tan fácilmente.

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