AMANECIO
07:56, 14 March 2025Cuando aterrizamos en Ciudad de México, Pedro miraba por la ventana del avión con una mezcla de curiosidad y nerviosismo.
Lo notaba en cómo tamborileaba los dedos sobre su muslo y en la manera en que su pierna se movía sin parar.
"¿Estás nervioso?" le pregunté, apoyando mi cabeza en su hombro.
Pedro soltó una risa suave. "¿Yo? ¿Por conocer a tus padres? Nah, para nada, gordi."
Le di un codazo. "No te pongas sarcástico. En serio, ¿estás bien?"
Pedro suspiró y tomó mi mano, entrelazando nuestros dedos.
"Solo... quiero que me acepten, ¿sabes? Sé que no soy el tipo de persona que ellos esperarían para ti."
"Ellos solo quieren verme feliz."
Pedro me miró y sonrió suavemente. "Entonces estamos bien."
Cuando bajamos del avión, un coche negro con vidrios polarizados nos estaba esperando en la pista. No era un taxi ni un coche de servicio; era uno de los coches privados de mi familia. Pedro levantó una ceja mientras nos subíamos al asiento trasero.
"¿Chófer privado, gordi? Si llego a acostumbrarme a esto, no me vas a sacar de México."
"Ni lo sueñes," respondí, apoyando mi cabeza en su hombro mientras el coche se dirigía hacia la casa de mis padres.
Pasamos por las calles de Polanco, las avenidas anchas bordeadas de árboles y las tiendas de lujo que se alineaban en las aceras. Pedro miraba todo con atención, pero sin decir nada. Cuando llegamos a la casa, él soltó un pequeño silbido.
La casa de mis padres no era una casa, era prácticamente una mansión. Un portón negro de hierro con detalles dorados se abrió lentamente, revelando un camino de piedra rodeado de jardines perfectamente cuidados. La casa era de estilo clásico, con columnas blancas y balcones franceses.
"Joder, gordi. ¿Aquí es donde creciste?"
"Sí," respondí, sintiendo cómo el estómago se me cerraba.
"Hostia... Si yo creciera en un sitio así, no me habría movido de aquí en mi vida."
"Confía en mí, Pedro. No es tan perfecto como parece."
La puerta principal se abrió antes de que pudiéramos tocarla. Mi madre apareció primero, impecable como siempre, con un vestido beige y el cabello rubio oscuro perfectamente recogido. Mi padre estaba detrás de ella, trajeado aunque era sábado por la tarde.
"Ale," dijo mi madre con una sonrisa ensayada mientras me abrazaba con delicadeza.
"Hola, mamá."
Mi padre me abrazó también, aunque de manera más distante. Sus ojos se desviaron rápidamente hacia Pedro.
"¿Y este debe ser Pedro?"
Pedro extendió la mano y sonrió con confianza.
"Encantado de conoceros. He oído mucho sobre ustedes."
Mi padre le estrechó la mano, observándolo de arriba abajo con una expresión calculadora.
"¿Mucho bueno o mucho malo?"
Pedro soltó una risa suave. "Una mezcla de las dos, creo."
Mi padre levantó una ceja.
"Bueno, pasemos adentro," dijo mi madre, rompiendo la tensión.
La sala principal era amplia, con techos altos y lámparas de cristal que colgaban sobre nosotros. Pedro miraba a su alrededor con discreción, pero yo sabía que estaba impresionado.
"¿Un whisky?" ofreció mi padre mientras se dirigía hacia la barra.
Pedro dudó por un segundo. "No, gracias. Estoy bien."
Mi padre lo miró de reojo. "¿No bebes?"
Pedro se encogió de hombros. "Antes bebía más, pero últimamente prefiero mantener la cabeza clara."
"¿Por el trabajo?"
Pedro asintió. "Sí. Y porque tengo una razón para querer estar bien."
Mi padre no dijo nada, pero la manera en que lo miró me puso tensa. Nos sentamos en el sofá, y Pedro tomó mi mano entre las suyas.
"Así que, Pedro," empezó mi padre, cruzando las piernas y mirando directamente a Pedro. "¿Cuánto tiempo llevas en la música?"
"Desde que tenía dieciséis, más o menos. Empecé escribiendo y rapeando en Las Palmas, y luego las cosas empezaron a moverse rápido."
"Y ahora estás haciendo un tour en Latinoamérica."
Pedro sonrió. "Sí, mi segundo. Es un sueño cumplido, la verdad."
"¿Y cómo llevas la vida pública?"
Pedro se tensó un poco. "Es complicado. A veces es difícil distinguir entre lo que es real y lo que no."
Mi padre asintió lentamente. "Sí, imagino que debe ser difícil. Especialmente con las tentaciones que vienen con ese tipo de vida."
Pedro no respondió de inmediato. Yo sentí cómo se le tensaban los músculos del brazo.
"Pedro sabe lo que hace, papá," intervine.
Mi padre me miró. "¿Sí? Porque no me gustaría que terminaras volviendo a donde estabas antes de irte a España."
La respiración se me detuvo. "Papá..."
"Estoy hablando en serio, Alejandra. Tú sabes mejor que nadie lo peligroso que puede ser ese mundo."
Pedro me miró con el ceño fruncido. "¿A qué se refiere?"
Mi padre apoyó las manos sobre sus rodillas. "Antes de que Ale se fuera a España, estaba... metida en ciertas cosas. Sabes, alcohol, fiestas, malas decisiones."
Pedro me miró con una expresión confusa.
"Fue una fase," dije rápidamente. "Ya pasó."
"¿Y estás seguro, Pedro, de que puedes protegerla de eso?"
Pedro me miró y me apretó la mano.
"No la tengo que proteger de nada. Ale sabe quién es. Y sé que podemos manejar lo que venga."
"Espero que tengas razón," dijo mi padre, levantándose.
Mi madre se levantó también y nos miró con una sonrisa incómoda. "Vamos a cenar, ¿sí?"
Pedro se inclinó hacia mí y susurró. "¿Estás bien?"
"Sí."
Pedro frunció el ceño. "Si tu padre piensa que voy a ser una mala influencia para ti..."
"Pedro, él no sabe nada de nosotros."
Pedro me miró con seriedad. "Si tengo que demostrarle que está equivocado, lo haré."
"Pedro..."
"Te lo prometo, gordi."
Nos sentamos en el enorme comedor de la casa, iluminado por una lámpara de cristal que colgaba sobre la mesa de mármol.
Había al menos diez sillas alrededor, pero solo éramos nosotros cuatro: Pedro, mis padres y yo. Las paredes estaban decoradas con arte clásico y en el centro de la mesa había un florero enorme con rosas blancas. Todo era perfecto y frío, como siempre.
Pedro se veía tenso, pero lo disimulaba bien. Yo lo conocía suficiente para notar que su pierna se movía debajo de la mesa y que sus ojos escaneaban la habitación de manera constante, como si estuviera buscando una salida de emergencia.
"¿Y cómo te va en la universidad, Alejandra?" preguntó mi papá mientras le daba un sorbo a su copa de vino.
"Bien," respondí rápidamente, intentando sonar despreocupada. "Las clases están intensas, pero me gusta lo que estoy estudiando."
"Economía, ¿no?"
"Sí."
"Eso es bueno. Me alegra que estés aprovechando la oportunidad de estudiar en Madrid."
"Lo estoy haciendo," dije, sintiendo el peso de su mirada.
"¿Y cómo está el piso? ¿Todo en orden?"
"Sí, está bien."
"¿Te estamos enviando suficiente dinero?"
Me tensé. Sabía hacia dónde iba esta conversación. "Sí, papá. Me mandan suficiente."
"¿Estás segura? No quiero que te falte nada."
"Estoy bien," respondí. "Además, ahora también estoy generando algo de dinero por mi cuenta."
Mi padre levantó una ceja. "¿Cómo es eso?"
"Me están llegando ofertas de marcas y de revistas para colaboraciones. He estado trabajando en algunos contratos."
"Ah." Mi padre dejó la copa de vino sobre la mesa con delicadeza. "¿Y eso es por todo lo que ha estado saliendo en los medios últimamente?"
Me tensé. Pedro también se puso rígido a mi lado.
"Supongo que sí."
Mi padre giró su mirada hacia Pedro y sonrió de manera calculadora. "Eso me lleva a ti, Pedro."
Pedro levantó la cabeza y lo miró directamente.
"¿Cuáles son tus planes a futuro con mi hija?"
Pedro ladeó la cabeza. "¿Perdón?"
"Lo que has oído." Mi padre sonrió, pero el tono de su voz era afilado. "Llevan saliendo un tiempo, ¿no? ¿Cuánto exactamente?"
Pedro respiró hondo y me miró antes de contestar.
"Unos meses."
"¿Y qué intenciones tienes con ella?"
Pedro entrecerró los ojos y apoyó las manos sobre la mesa. "Con todo el respeto, señor, creo que esa es una conversación que Ale. "
Mi padre soltó una risa suave. "Pero si realmente te importa Alejandra, no debería ser difícil responder."
Pedro apretó la mandíbula. Lo conocía suficiente para saber que estaba conteniendo el impulso de responderle de manera menos diplomática.
"Me importa Ale más que cualquier otra cosa," dijo Pedro, con la voz baja y firme.
"¿Entonces es algo serio?"
"Sí."
Mi madre miró a mi padre con preocupación, pero él no desvió la mirada de Pedro.
"Y si es tan serio, ¿por qué todo el drama que ha habido últimamente en los medios?"
Pedro frunció el ceño.
"Están en todas partes," continuó mi padre. "Peleas en clubs, artículos sobre la posibilidad de que Pedro haya engañado a Ale, fotos de Sofía en su camerino, y por supuesto... todo el asunto con Martina y la prueba de embarazo."
Pedro cerró los ojos un segundo y respiró hondo.
"No puedo controlar lo que dicen los medios," dijo finalmente. "Pero puedo decirle que Ale y yo estamos bien. Lo que la gente especula o inventa no cambia lo que hay entre nosotros."
"¿Y qué hay entre ustedes?"
Pedro me miró, y la intensidad en sus ojos me dejó sin aire.
"Estamos juntos. Y lo que siento por ella no va a cambiar por lo que digan fuera."
Mi padre sonrió con frialdad. "Veremos cuánto dura eso cuando las cosas se compliquen aún más."
Pedro se tensó.
"Papá, ya basta," dije en un tono más firme.
Mi padre me miró. "Alejandra, tú sabes mejor que nadie cómo puede acabar esto."
"Pedro no es..."
"Pedro es famoso. Está en el ojo público constantemente. ¿Cuánto tiempo crees que va a durar antes de que toda esa atención empiece a desgastar su relación?"
"Eso no va a pasar," dijo Pedro con el tono más serio que le había escuchado jamás.
Mi padre soltó una carcajada suave. "¿De verdad crees eso?"
Pedro apretó los dientes. "Sí."
"Porque he visto este tipo de historias antes. Y terminan mal."
Pedro se inclinó hacia adelante. "No sabe nada de mí. No sabe lo que hemos pasado Ale y yo. Y le aseguro que voy a hacer todo lo que esté en mis manos para que esto funcione."
Mi padre sonrió de manera fría y se inclinó hacia atrás en la silla. "Entonces te deseo suerte."
La tensión en la mesa era tan densa que apenas podía respirar. Pedro me miró y tomó mi mano por debajo de la mesa.
"¿Puedo ir al baño?" dijo Pedro de repente.
"Claro," respondió mi madre, señalando una puerta al final del pasillo.
Pedro se levantó y salió de la habitación. Mi padre se quedó mirándolo hasta que desapareció.
"¿En serio?" le dije a mi padre, molesta.
"Solo quiero estar seguro de que no te va a arrastrar de vuelta al mundo del que tanto te costó salir."
"No lo va a hacer."
"Espero que tengas razón."
Me levanté y fui tras Pedro. Lo encontré en el pasillo, apoyado contra la pared con las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada.
"¿Estás bien?"
Pedro sacudió la cabeza. "Tu padre me odia."
"No te odia."
Pedro soltó una risa amarga. "Claro que sí, gordi. Lo he visto antes. Solo está esperando a que me equivoque."
"Pues no le demos el gusto."
Pedro me miró y sonrió suavemente.
"No sé si soy lo que tu familia quiere para ti."
"No me importa lo que ellos quieran. Me importa lo que yo quiero."
Pedro me miró fijamente, y luego tomó mi rostro entre sus manos.
"¿Y qué es lo que quieres, Ale?"
"Te quiero a ti."
Pedro me besó, lento y profundo, y por un momento el peso de las palabras de mi padre se desvaneció.
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