𝐂𝐚𝐩í𝐭𝐮𝐥𝐨 𝟑𝟐: 𝐀𝐝𝐚𝐩𝐭𝐚𝐫𝐬𝐞 𝐚 𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐢𝐯𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚
01:35, 12 March 2025El sonido del café goteando en la cafetera llenaba la cocina con un aroma reconfortante. Alexie, aún descalza y con una sudadera demasiado grande para ella (cortesía de Lando), removía distraídamente su taza mientras revisaba correos en su teléfono. Era una mañana tranquila, de esas que todavía se sentían extrañas después de años de vivir sola o en hoteles.
Lando apareció por la puerta, despeinado y bostezando, estirando los brazos antes de acercarse a besarla en la mejilla.
—Buenos días —murmuró con voz ronca.
—Buenos días —respondió ella con una sonrisa, entregándole su taza de café—. Dormiste como una piedra.
—Eso pasa cuando no tienes que viajar cada dos días. Es... agradable.
Se miraron por un momento, disfrutando de la sensación de compartir la rutina. Aunque aún estaban adaptándose a esta nueva etapa, la emoción de vivir juntos hacía que cada día fuera especial.
La primera semana fue casi mágica. Cocinar juntos, elegir muebles, compartir noches de películas en el sofá... Todo parecía perfecto. Hasta que la realidad de la convivencia empezó a instalarse.
—Lando, no entiendo cómo es posible que dejes la ropa tirada en cualquier parte —dijo Alexie un día, con los brazos cruzados, mirando la pila de ropa que él había dejado en el suelo del dormitorio.
Lando, que estaba en la cocina preparándose un sándwich, levantó la vista con una sonrisa inocente.
—Voy a recogerla... más tarde.
—Eso dijiste ayer. Y antes de ayer. Y el otro día.
Él dejó el pan en el plato y se acercó, rodeándola con los brazos.
—¿Sabes qué? Te ves increíblemente linda cuando te quejas.
Alexie puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar sonreír.
—No me hagas ojitos, Norris. Recoge tu ropa o voy a empezar a esconder tus gorras favoritas.
Lando fingió horror.
—¡Eso sería cruel! Está bien, está bien, lo haré.
Y aunque realmente intentó ser más ordenado, Alexie terminó aceptando que su novio tenía una relación complicada con la organización.
Otro desafío vino con sus horarios opuestos.
Alexie solía quedarse despierta hasta tarde, escribiendo canciones o simplemente relajándose con una copa de vino. Lando, en cambio, estaba acostumbrado a acostarse temprano y despertarse al amanecer para entrenar.
Una noche, después de un largo día de ensayos, Alexie estaba en la sala con su guitarra, tarareando una nueva melodía.
—Cariño... —se escuchó la voz de Lando desde la escalera, con un tono soñoliento—. Son las dos de la mañana.
Ella miró el reloj y frunció los labios.
—Ups. Lo siento, amor. Solo estaba inspirada.
Lando bajó, descalzo y con su pijama desordenada, y se dejó caer en el sofá a su lado.
—Déjame escuchar.
Alexie sonrió y comenzó a tocar suavemente. Lando apoyó la cabeza en su hombro, disfrutando de la música.
—Está bonita... —murmuró, con los ojos cerrados—. Pero prométeme que al menos algunos días intentarás dormir antes de la una.
Ella rió, besándolo en la frente.
—Trato hecho.
Y aunque no siempre lo lograba, hizo el esfuerzo por acomodar un poco sus horarios.
El tema de las tareas del hogar fue otra prueba interesante.
—Lando, te toca lavar los platos hoy —dijo Alexie una noche, después de la cena.
—Pensé que íbamos a contratar a alguien para esto... —respondió él, levantando una ceja.
—Sí, pero hasta que eso pase, el lavavajillas no se llena solo.
Lando suspiró dramáticamente y se levantó, recogiendo los platos.
—¿Sabes? Me enfrento a curvas a 300 km/h sin miedo, pero los platos sucios me aterrorizan.
Alexie se rió mientras lo veía meterse en la cocina. Sabía que estaban aprendiendo a encontrar un equilibrio, y aunque a veces chocaban por tonterías, siempre terminaban riéndose juntos.
A pesar de los desafíos, también hubo momentos hermosos que hicieron que todo valiera la pena.
Una noche, mientras Lando estaba fuera en una sesión de entrenamiento, Alexie decidió sorprenderlo. Cocinó su pasta favorita y preparó una pequeña cena romántica en el jardín con luces suaves y velas.
Cuando Lando llegó y vio la escena, sonrió ampliamente.
—¿Qué es todo esto?
—Solo quería hacer algo especial para ti.
Lando se acercó y la abrazó con fuerza.
—Eres increíble, ¿lo sabías?
—Bueno, sí, pero me gusta que lo digas.
Se rieron y disfrutaron la cena, sabiendo que, aunque la convivencia traía desafíos, cada pequeño esfuerzo los hacía más fuertes juntos.
Al final del día, vivir juntos no era solo compartir un espacio, sino aprender a compartir sus vidas. Y aunque todavía tenían mucho por descubrir, ambos estaban seguros de que habían tomado la decisión correcta.
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