LISBOA
21:05, 25 March 2025La semana siguiente fue extrañamente fácil. Pedro me escribía cada mañana, algún mensaje corto tipo "Buenos días, Gordi" o "¿Qué tal la vida?" y, aunque me hacía la dura, no podía evitar sonreír cada vez que veía su nombre iluminando la pantalla.
Pero el verdadero problema fue que Pedro empezó a aparecer en todos lados.
El jueves por la tarde estaba saliendo de la oficina cuando vi la camioneta negra estacionada en la esquina.
Al principio pensé que era casualidad, pero cuando la puerta se abrió y vi a Pedro asomarse con esa sonrisa torcida, supe que no lo era.
"¿Otra vez tú?" dije, cruzándome de brazos mientras él bajaba de la camioneta con esa calma suya, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta.
"¿Qué pasa? ¿No puedo recoger a mi chica del trabajo?"
"¿Tu chica?"
Pedro se acercó, con esa sonrisa traviesa y la mirada fija en mí. "Bueno, si no me echas, algo serás, ¿no?"
"Esto es acoso."
Pedro soltó una carcajada. "Ah, ¿sí? ¿Y si te invito a cenar, eso también es acoso?"
Lo miré fijamente, intentando mantener la cara seria, pero él estaba demasiado cerca, y olía demasiado bien, y tenía esa sonrisa que siempre me desarmaba.
"Depende de la cena," respondí, haciéndome la difícil.
"Ya verás que te va a gustar," dijo, guiñándome un ojo antes de abrir la puerta de la camioneta. "Venga, sube."
Fuimos a un restaurante de esos modernos donde sirven platos tan pequeños que necesitas pedir diez para quedar satisfecho.
Pedro estaba relajado, apoyado en la silla con una mano en la rodilla, mirándome como si yo fuera más interesante que cualquier otra cosa en la habitación.
"¿Y entonces? ¿Qué tal el curro?" preguntó, dándole un sorbo a su copa de vino.
"Bien. Luca y Emily están locos intentando sacar un nuevo proyecto, pero yo intento no volverme loca con ellos."
Pedro sonrió. "Ah, ¿y tú no estás loca?"
"Un poco."
Pedro rio, esa risa grave que me hacía sentir mariposas en el estómago. "Normal, con esos colegas."
"Al menos no voy por ahí siguiendo gente por las calles," respondí, levantando una ceja.
Pedro se inclinó hacia delante, dejando la copa sobre la mesa. "¿Y si te digo que no me arrepiento?"
Lo miré fijamente, pero él no apartó la mirada. "¿No te das cuenta de lo raro que es eso?"
Pedro sonrió despacio. "Igual sí. Pero también me funciona, ¿o no?"
Me mordí el labio para no sonreír. "No te creas tan irresistible."
Pedro ladeó la cabeza. "Gordi, si me dejas llevarte a cenar y no me has echao todavía... algo habrá."
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír. "Qué imbécil eres."
Pedro sonrió de lado. "Pero te hago reír."
Terminamos la cena y caminamos por las calles de Madrid. Pedro iba a mi lado, con las manos en los bolsillos y la cabeza ligeramente inclinada hacia mí.
"¿Sabes qué es lo peor de todo esto?" le dije, mirándolo de reojo.
"¿El qué?"
"Que empiezo a acostumbrarme a ti otra vez."
Pedro sonrió, mirándome con esos ojos oscuros que siempre parecían ver demasiado. "Eso no es malo."
"Sí lo es."
"¿Por qué?"
"Porque cuando te canses, voy a sentirme como una idiota."
Pedro se detuvo de golpe, tomándome suavemente del brazo para que lo mirara. "No voy a cansarme de ti."
"Eso dices ahora."
Pedro se acercó un poco más, sus ojos recorriéndome la cara como si intentara memorizar cada detalle. "No me canso fácil, guapa."
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, pero antes de que pudiera decir nada, Pedro soltó una sonrisa y empezó a caminar otra vez.
"Venga, que te acompaño a casa," dijo.
"¿Y si no quiero?"
Pedro me miró por encima del hombro, esa sonrisa traviesa en los labios. "Te quedas conmigo."
Rodé los ojos, pero ya estaba sonriendo. Y mientras caminaba junto a él, supe que estaba perdiendo el control.
Esa noche Pedro vino a mi piso. No sé exactamente cómo pasó, pero ahí estaba él, tirado en mi sofá como si fuera suyo, con los pies sobre la mesa y una sonrisa de medio lado que me daba ganas de tirarle un cojín a la cara.
"¿Te puedo ofrecer algo? ¿Un té, agua... mi dignidad perdida?" dije, apoyándome en la puerta de la cocina con los brazos cruzados.
Pedro sonrió sin abrir los ojos. "Si tienes un cigarro, no digo que no."
"Ah, ¿ya te instalaste o qué?"
Pedro abrió un ojo, esa sonrisa perezosa asomando en los labios. "Eso parece."
Bufé, pero fui al refri y saqué una cerveza. Se la lancé y la atrapó con una mano, destapándola con los dientes como si no fuera gran cosa.
Se me quedó mirando mientras daba el primer trago, y yo crucé los brazos para no mostrar cuánto me afectaba esa mirada suya.
"¿Qué haces aquí, Pedro?"
Pedro bajó la cerveza y me miró fijamente. "¿No puedo venir a ver a mi novia?"
"¿Ahora soy tu novia?"
Pedro sonrió despacio. "Bueno, la chiva que me deja entrar a su piso sin echarme."
Rodé los ojos y me senté en el otro extremo del sofá, pero él inmediatamente estiró las piernas y apoyó sus pies en mi regazo.
"¿Te vas a quedar toda la noche?" pregunté, mirándolo con una ceja levantada.
"Depende."
"¿De qué?"
Pedro sonrió, su mano rozando mi rodilla. "De si me echas o no."
Suspiré, apartándole los pies de encima. "Debería echarte."
"Pero no lo vas a hacer."
"¿Y tú cómo lo sabes?"
Pedro se inclinó un poco, esa sonrisa suya más pronunciada. "Porque te gusto, Gordi."
"Qué egocéntrico."
Pedro rio y se dejó caer de nuevo en el sofá, apoyando la cabeza en el respaldo. "Bueno, no voy a discutir si tengo razón."
Me mordí el labio para no sonreír, pero él lo notó. Claro que lo notó. Pedro siempre notaba todo.
"¿Y qué vas a hacer?" pregunté, mirándolo de reojo.
Pedro levantó una ceja. "¿Ahora?"
"Sí."
Pedro me miró, sus ojos oscuros recorriéndome la cara con esa intensidad que siempre me desarmaba. "Quedarme aquí contigo, si me dejas."
"¿Y si no quiero que te quedes?"
Pedro se acercó un poco más. "Tendrás que echarme."
Lo miré fijamente, sintiendo el calor de su cuerpo demasiado cerca. "Te lo estás jugando, Quevedo."
Pedro sonrió de lado. "Ya sabes que me va la marcha."
Rodé los ojos, pero antes de que pudiera decir algo más, Pedro estiró el brazo y me atrajo hacia él. Me quedé atrapada entre su pecho y el respaldo del sofá, y él bajó la mirada hacia mí.
"¿Ahora sí me vas a echar?" susurró.
"Quizás mañana," murmuré.
Pedro sonrió y deslizó una mano por mi espalda. "Pos entonces me quedo."
No lo eché.
Dormimos juntos, enredados entre las sábanas y el calor de su cuerpo.
Pedro me rodeaba con un brazo, su respiración lenta y tranquila contra mi cuello. Sentía el peso de su pierna sobre la mía y el ritmo constante de su pecho subiendo y bajando.
No dije nada, solo cerré los ojos y me dejé llevar por la sensación de tenerlo tan cerca, como si por fin todo encajara.
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