BORRO
01:34, 17 March 2025El viernes llegó más rápido de lo que esperaba. La semana había pasado volando entre clases, reuniones y alguna que otra salida con Martina y Alana.
Pero el viernes me había despertado con un cosquilleo extraño en el estómago, una mezcla entre nervios y emoción. Y es que Marc había quedado en recogerme después de clase para llevarme a comer.
A las dos en punto, estaba saliendo por la puerta de la universidad cuando vi a Marc apoyado contra su coche, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa encantadora que parecía permanente en su cara.
Llevaba una chaqueta de cuero negra sobre una camiseta blanca y unos vaqueros oscuros que le quedaban perfectos. Su pelo rubio oscuro estaba ligeramente despeinado de esa manera que se veía demasiado bien para ser casual.
"¿Lista?" dijo él con ese acento catalán tan marcado que hacía que cada palabra sonara más suave y seductora.
"Lista", respondí, intentando ignorar la forma en la que mi corazón empezó a latir más rápido.
Marc abrió la puerta del copiloto con una sonrisa y me hizo un gesto para que subiera. "Vamos a un sitio increíble, te va a encantar."
Subí al coche y cerró la puerta antes de rodear el coche y sentarse al volante. Encendió el motor y arrancó mientras en la radio sonaba algo suave de fondo. Durante el trayecto, él hablaba de todo y de nada.
Me contaba sobre cómo había crecido en Barcelona, sobre sus veranos en la Costa Brava y sobre cómo su hermana pequeña había decidido mudarse a Londres para estudiar moda.
"¿Y tú nunca pensaste en irte a Londres?" le pregunté mientras miraba por la ventana.
Marc sonrió. "Nah, Barcelona tiene mi corazón. Aunque Madrid no está nada mal si tú estás aquí."
Lo miré de reojo, sonriendo sin poder evitarlo. "¿Siempre eres tan encantador?"
"Solo contigo", respondió con un guiño.
A los veinte minutos llegamos a un restaurante pequeño pero elegante, con mesas de madera oscura y una terraza que daba a una plaza llena de árboles y faroles antiguos.
Nos sentamos en una mesa en la terraza, y cuando el camarero vino a tomar la orden, Marc pidió para los dos.
"Te va a encantar este plato", dijo confiado. "Confía en mí."
Cuando llegó la comida, tuve que admitir que tenía razón. Una pasta casera con una salsa de trufa y setas que estaba absolutamente deliciosa.
Marc hablaba mientras comíamos, contándome anécdotas sobre sus viajes y sobre el trabajo que hacía con la marca para la que estaba colaborando.
"Así que básicamente te pagan por viajar y verte bien", dije, levantando una ceja.
Marc soltó una carcajada. "Eso es una forma de verlo, pero sí, algo así."
La conversación fluyó fácil, sin silencios incómodos ni tensiones. Marc era divertido, atento y me hacía reír sin esfuerzo. Cuando terminamos de comer, nos quedamos un rato más en la terraza, tomando un café y viendo a la gente pasar.
"Me la he pasado increíble", dije finalmente.
"Yo también." Marc se inclinó hacia mí, apoyando el codo en la mesa y mirándome con esa intensidad tranquila que tenía. "¿Esto significa que habrá una segunda cita?"
Sonreí. "Podría ser."
Sonrió triunfante y, cuando nos levantamos para irnos, me tomó suavemente de la mano mientras caminábamos hacia el coche.
Cuando finalmente llegué a casa, me dejé caer en la cama con una sonrisa en la cara. Marc era perfecto. Había sido una cita perfecta. Y por primera vez en mucho tiempo, sentía que tal vez estaba empezando a superar a Pedro.
Tal vez las cosas finalmente iban a volver a la normalidad.
Martina y Alana me habían convencido de salir esa noche, pero solo a un bar tranquilo, nada de locuras. Me puse un vestido corto y unas botas altas, y cuando bajé a encontrarme con ellas, Martina me miró de arriba abajo.
"Estás increíble", dijo Martina, sonriendo.
"Ya, como para romper corazones", añadió Alana con una sonrisa traviesa.
El bar estaba cerca de casa y nos sentamos en una mesa en la esquina, pidiendo unas copas de vino y hablando sobre todo y nada. Estábamos relajadas, riendo, cuando mi teléfono vibró sobre la mesa.
Miré la pantalla y mi corazón dio un vuelco. Pedro.
Martina me miró inmediatamente. "¿Qué pasa?"
"Pedro me está llamando."
Alana hizo una mueca. "¿Y qué quiere ahora?"
Deslicé para contestar. "¿Hola?"
"¿Dónde estás?" Su voz sonaba tensa, apagada por el ruido de fondo.
"En un bar. ¿Por qué?"
"¿Puedes venir al estudio?"
Fruncí el ceño. "¿Ahora?"
"Sí."
Martina y Alana me miraban con cara de incredulidad.
"No deberías ir", dijo Martina.
"No es tu novio", añadió Alana.
Pero algo en la voz de Pedro hizo que mi estómago se tensara. "Ahora voy", dije antes de colgar.
"¿Estás loca?" dijo Alana.
"Es Pedro", respondí como si eso lo explicara todo.
Salí del bar y tomé un taxi hasta el estudio de Pedro. Cuando llegué, él estaba afuera, apoyado contra la pared, con un cigarro en la mano y la capucha de su sudadera subida.
Me acerqué, cruzándome de brazos. "¿Qué pasa?"
Pedro levantó la cabeza y me miró con esos ojos oscuros que siempre parecían capaces de leerme la mente.
"Tenía que verte", dijo simplemente.
"¿Por qué?"
Pedro tiró el cigarro al suelo y lo aplastó con el pie. "Porque me estoy volviendo loco, Ale. No puedo dejar de pensar en ti. Te vi hoy con ese tío. Marc."
Rodé los ojos, cruzándome de brazos. "¿Y qué pasa con Marc?"
Pedro se acercó, con las manos en los bolsillos de la sudadera, esa forma suya de caminar que siempre me había parecido tan segura y tan relajada, pero que ahora tenía un aire de tensión debajo de la calma.
"Te estaba mirando", dijo, con esa forma de hablar suya, rápida y con ese acento tan marcado de las Islas. "Estaba tocándote el brazo y tú te reías. Te vi, Ale."
Me reí, "Ah, ya veo. Entonces tú sí puedes salir de fiesta, bailar con chicas, irte de tour y que medio mundo te vea pegado a una argentina en Argentina, pero si yo salgo con Marc, ¿es un problema?"
Pedro frunció el ceño, pasando una mano por su pelo despeinado. "Eso no es lo mismo."
"¿Ah, no?"
Pedro se acercó un poco más, lo suficiente para que pudiera oler el tabaco y el perfume que siempre usaba, ese olor que, aunque lo odiara admitir, aún me hacía sentir cosas que no quería sentir.
"No es lo mismo porque tú sí te lo estás tomando en serio", dijo en voz baja.
Lo miré fijamente, sintiendo cómo mi respiración se aceleraba. "¿Y tú qué sabes sobre lo que yo me tomo en serio o no?"
Pedro me miraba como si intentara descifrarme, como si estuviera buscando algo en mi cara que le confirmara lo que él ya sospechaba.
"¿Vas a salir con él?"
"¿Eso te importa?"
Pedro apretó la mandíbula. "Claro que me importa."
Me reí otra vez, pero mi risa sonó amarga. "¿Por qué? Porque ahora sí te diste cuenta de que me estás perdiendo?"
Pedro dio un paso hacia mí, y casi pude sentir el calor de su cuerpo. "No te estoy perdiendo, Ale. Porque tú y yo... esto que tenemos... nunca se ha acabado. Tú lo sabes."
Negué con la cabeza, dando un paso atrás. "Eso no es cierto. Y aunque lo fuera... no importa. Yo me cansé, Pedro. Me cansé de esperarte. Me cansé de ver fotos tuyas con otras chicas y de que después me dijeras que no era nada. Me cansé de que todo el mundo tenga una opinión sobre nosotros, de que mi vida esté expuesta solo porque estoy contigo. Yo no quiero esto."
Pedro me miró fijamente, con esa intensidad que hacía que mi corazón se acelerara aunque no quisiera.
"¿Y entonces qué quieres?"
Quería decirle que quería volver a confiar en él. Que quería volver a sentirme segura y no con miedo constante de que una nueva foto o un nuevo titular apareciera en mi teléfono. Que quería volver a esa noche en México cuando todo parecía tan fácil y tan claro.
Pero lo que dije fue: "Quiero que me dejes ir."
Pedro cerró los ojos por un segundo, como si esas palabras le hubieran dolido físicamente.
"Ale..."
"Pedro, en serio."
Me miró con una mezcla de rabia y dolor. "Si de verdad quisieras que te dejara ir, no estarías aquí."
Sentí un nudo en la garganta. "Tal vez es solo costumbre."
Pedro soltó una risa seca. "¿Costumbre?"
No respondí. Él dio un paso hacia mí, y esta vez no me moví. Sentí su mano rozando la mía, y mi piel reaccionó al instante, como si todavía perteneciera a él.
"Si te vas ahora, no vuelvas", dijo en voz baja.
Lo miré fijamente. "Si tú no me dejas ir, no puedo hacerlo."
Pedro bajó la mirada hacia mi mano, que seguía rozando la suya. Entonces la soltó lentamente, como si le costara trabajo.
"Vale", murmuró. "Si eso es lo que quieres."
"Es lo que necesito", respondí, aunque la voz me temblaba.
Pedro dio un paso atrás, metió las manos en los bolsillos y me miró con esa expresión que conocía tan bien, esa mezcla de orgullo y vulnerabilidad.
"Nos vemos por ahí, Ale", dijo con una sonrisa apagada.
"Nos vemos", respondí.
Me di la vuelta y caminé hacia la salida del estudio, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda mientras me alejaba. Cuando salí a la calle y respiré el aire frío de la noche, me apoyé contra la pared y cerré los ojos.
¿Estaba realmente lista para dejarlo ir?
No lo sabía. Pero tenía que intentarlo.
Marc me había hecho sentir que había algo más allá de Pedro. Que podía volver a empezar. Y ahora mismo, eso era todo lo que necesitaba.
Saqué mi teléfono y abrí el chat de Marc.
Ale: "¿Estás despierto?"
La respuesta llegó casi al instante.
Marc 🫣: "Sí. ¿Qué pasa?"
Ale: "¿Te apetece salir a tomar algo?"
Marc 🫣: "Pensé que nunca lo preguntarías. Pasa por mí en diez minutos"
Sonreí, guardé el teléfono y empecé a caminar hacia casa.
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