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LPGC

08:14, 12 March 2025

La cabaña en Bariloche era perfecta. De madera oscura, con ventanales enormes que daban a las montañas cubiertas de nieve. El frío de afuera hacía que el interior se sintiera aún más acogedor, con la chimenea encendida y el aroma de madera quemándose en el aire.

Estaba en la cama, envuelta en una manta, mirando cómo Pedro se cambiaba de ropa tras la ducha. Solo llevaba una toalla en la cintura, y el agua le caía todavía por el pecho y los brazos.

"¿Vamos a salir esta noche?" preguntó, secándose el pelo con otra toalla.

"¿Salir? Pensé que estábamos aquí para relajarnos."

Pedro sonrió, con esa sonrisa torcida que me hacía sentir mariposas en el estómago. "¿Y quién dice que no se puede relajar en una fiesta?"

Rodé los ojos, pero ya estaba sonriendo.

"Está bien," dije. Pero que sepas que si me pierdo en la pista de baile, será culpa tuya."

Pedro dejó la toalla en el respaldo de una silla y se acercó a mí. Se inclinó, con una mano apoyada en la cama y la otra recorriéndome el muslo por encima de la manta.

"No pienso dejar que te pierdas."

Me besó despacio, con los labios suaves y cálidos contra los míos. Me envolví en sus brazos y me dejé llevar.

La fiesta estaba en un bar subterráneo, una cueva de luces neón y música electrónica que hacía temblar el suelo. Pedro tenía una mano en mi cintura mientras nos abríamos paso entre la multitud. La gente lo reconocía, algunos lo saludaban, otros se limitaban a mirarlo con asombro.

"¡Quevedo está aquí!" escuché que murmuraba alguien.

Pedro ignoraba las miradas y seguía caminando con la misma seguridad con la que se movía por un escenario. Me llevó hasta la barra y pidió dos tragos.

"¿Te apetece algo fuerte?" preguntó.

"Con un vodka tonic estaré bien."

Pedro le hizo una señal al bartender y en segundos tenía la bebida en la mano. El alcohol me calentó por dentro, dándome la confianza que necesitaba para ir a la pista de baile.

"Ven conmigo."

Pedro me tomó de la mano y me llevó al centro de la pista. La música era intensa, con un ritmo electrónico que retumbaba en mi pecho. Me giré para mirarlo, y él estaba ya mirándome con esa intensidad que me desarmaba.

Me acerqué más y empecé a moverme al ritmo de la música. Pedro deslizó las manos por mi cintura y me pegó a él, su respiración cálida contra mi oído.

"¿Estás cómoda?" susurró.

"Mucho."

Pedro bajó las manos por mis caderas y las apretó ligeramente. La música nos envolvía, el alcohol nos relajaba, y de repente no había nada más que nosotros dos. Me giré para mirarlo directamente y él me besó. Fue un beso largo, profundo, lleno de deseo y de esa conexión que cada vez se volvía más fuerte entre nosotros.

La gente nos miraba. Algunos grababan con sus teléfonos, pero por primera vez no me importaba. Solo sentía a Pedro, sus labios, sus manos, la forma en que su cuerpo se movía con el mío.

"Vámonos," dijo contra mis labios.

"¿A dónde?"

"A donde no haya nadie más."

Minutos después estábamos de vuelta en la cabaña. Pedro cerró la puerta de golpe y me levantó en brazos. Me envolví alrededor de su cintura mientras él me besaba con urgencia, caminando hacia la habitación.

Me dejó caer sobre la cama y se subió encima de mí, quitándome el suéter con un movimiento rápido. Su boca se deslizó por mi cuello, y sentí escalofríos cuando bajó por mi clavícula y hasta mi pecho.

"Eres tan jodidamente guapa," murmuró entre besos.

Pasé las manos por su cabello y lo atraje hacia mí. Pedro me quitó el sujetador y me miró como si estuviera viendo algo sagrado.

"Eres perfecta."

Su boca volvió a encontrar la mía mientras nuestras manos recorrían cada centímetro de piel. Me deshizo el pantalón y lo deslizó por mis piernas, su respiración cada vez más agitada.

Pedro se deshizo de lo poco que quedaba entre nosotros y me cubrió con su cuerpo. Se movió despacio al principio, mirándome a los ojos con una intensidad que me hizo estremecer.

"Te amo," murmuró contra mi oído.

"Pedro..."

Lo sentí moverse con más fuerza, y me perdí por completo en él. Nos movíamos al mismo ritmo, como si estuviéramos hechos para encajar el uno con el otro. El calor aumentaba, la respiración entrecortada, los latidos enloquecidos.

Cuando finalmente llegamos juntos al clímax, Pedro me abrazó y se quedó pegado a mí, su respiración agitada contra mi cuello.

"No quiero que esto termine nunca," dijo en voz baja.

"No va a terminar," respondí.

Pedro se giró y me atrajo hacia él, dejando mi cabeza apoyada en su pecho. Sentí el ritmo constante de su corazón y cerré los ojos.

"Mañana vamos a esquiar de nuevo," murmuró Pedro.

Sonreí, medio dormida. "¿Y si me vuelvo a caer?"

"Te levantaré."

Pedro me besó la frente y me atrajo más hacia él. "Siempre voy a levantarte."

Me dormí con el sonido de la respiración de Pedro en mi oído, segura de que, por primera vez en mucho tiempo, estaba exactamente donde quería estar.

Me desperté con la luz del sol entrando por las ventanas de la cabaña. El frío de afuera hacía que las sábanas calientes y el calor del cuerpo de Pedro a mi lado se sintieran aún más reconfortantes.

Estaba abrazada a él, con mi pierna enredada en la suya y su brazo alrededor de mi cintura.

"Buenos días, gordi," murmuró Pedro con la voz rasposa por el sueño.

"Buenos días," respondí en voz baja, sin abrir los ojos.

Sentí cómo sus labios se deslizaron por mi hombro y su mano subía lentamente por mi espalda desnuda. Me estremecí al contacto, pero no me moví.

"¿Tienes frío?" preguntó, pegándome más a él.

"Contigo, nunca."

Pedro soltó una risa baja y me dio un beso detrás de la oreja. "Tenemos que levantarnos. Nos están esperando para esquiar."

"¿Y si nos quedamos aquí todo el día?"

Pedro me miró con una sonrisa torcida y sus ojos brillando con esa intensidad que me desarmaba cada vez. "Si te quedas aquí todo el día conmigo, no vamos a hacer nada de dormir."

Rodé los ojos, pero me reí. "Está bien, vamos a esquiar."

Pedro me dio otro beso rápido y se levantó. La luz que entraba por la ventana iluminaba sus abdominales y el tatuaje en su costado. Me quedé mirándolo mientras buscaba su ropa.

"¿Te gusta lo que ves, gordi?" preguntó con una sonrisa burlona.

"Un poco."

"¿Un poco?" Pedro se giró hacia mí, con una ceja levantada.

"Bueno... bastante."

Pedro soltó una carcajada y me lanzó una camiseta que me cayó en la cara. "Vístete, gordi. Quiero enseñarte algo en las pistas."

Las pistas de esquí de Bariloche eran impresionantes. Todo estaba cubierto por una capa de nieve blanca y espesa que brillaba bajo el sol. Pedro y yo estábamos en la cima de una de las colinas, con las montañas extendiéndose frente a nosotros.

"No sé si esto sea buena idea," dije mientras miraba la pendiente.

"Claro que es buena idea."

"Pedro, la última vez casi me rompo la pierna."

Pedro se acercó a mí y me acomodó las gafas de esquí sobre la cabeza. "Por eso estoy aquí. No voy a dejar que te pase nada."

"¿Y si me caigo?"

Pedro sonrió. "Te levanto."

Respiré hondo y me puse en posición. Pedro se lanzó primero, deslizándose con facilidad por la nieve. Su figura se movía con una seguridad impresionante, como si fuera parte de la montaña. Lo vi girar y detenerse más abajo, mirándome con una sonrisa confiada.

"¡Vamos, gordi!"

"¡No puedo!"

"¡Sí que puedes!"

Resoplé y me lancé detrás de él. La velocidad hizo que el aire frío me golpeara en la cara, pero me mantuve firme, siguiendo el ritmo de Pedro. Cuando llegué a donde él estaba, me detuve de golpe, resbalando un poco hacia adelante. Pedro me atrapó antes de que pudiera caer.

"Te dije que no te iba a dejar caer."

Mi respiración estaba agitada y mis mejillas estaban heladas por el frío, pero en ese momento solo podía mirarlo a él. Pedro me miraba con una mezcla de orgullo y adoración que me hizo sentir mariposas en el estómago.

"¿Ahora qué?" pregunté en voz baja.

Pedro sonrió. "Ahora te beso."

Y lo hizo. Sus labios cálidos se cerraron sobre los míos, suaves al principio, luego más profundos. El frío de la montaña desapareció por completo mientras Pedro me abrazaba y me mantenía cerca. La gente que pasaba nos miraba, pero a mí no me importaba. Solo sentía el calor de Pedro, el ritmo constante de su respiración, el sabor de sus labios.

"Te ves increíble con ese traje de esquí, gordi," murmuró Pedro contra mi boca.

"Solo porque tú me lo elegiste."

Pedro me sonrió y pasó una mano por mi mejilla. "Me gusta verte así. Feliz."

"Es porque estoy contigo."

Pedro me besó de nuevo, y esta vez no fue suave ni lento. Fue intenso, lleno de promesas que todavía no habían sido dichas en voz alta.

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