CHAPIADORA
06:17, 11 March 2025Habían pasado dos semanas desde que Pedro subió la historia en el estudio. Dos semanas de mensajes constantes, de risas por llamada, de miradas intensas cada vez que estábamos juntos, de intimidad.
Pero también habían sido dos semanas de un nivel de exposición que me estaba comenzando a superar.
Mi nombre aparecía en todos lados. TikTok, Instagram, Twitter... había páginas enteras dedicadas a analizar cada gesto que hacía. La foto en el estudio, las salidas con Pedro, los rumores de que ya éramos algo serio.
Había hilos enteros sobre lo que vestía, sobre mis amigas, sobre mi pasado. Había gente diciendo que me veía "sobria" y otras que aseguraban que no tardaría en recaer. Como si mi vida fuera un espectáculo público.
Esa noche, Pedro y yo íbamos a cenar. Algo tranquilo, o al menos eso esperaba. Me puse un vestido negro ajustado y unas sandalias de tacón. Martina me miraba desde la cama, recostada con una copa de vino en la mano.
"Te ves brutal", dijo, sonriendo.
"Gracias."
"¿Estás nerviosa?"
"Un poco", admití. "Últimamente siento que no puedo ni respirar sin que la gente lo sepa."
Martina se encogió de hombros. "Te acostumbrarás."
Suspiré y me miré en el espejo una última vez antes de que sonara el timbre del piso.
"Venga, abre, que se va a desesperar", dijo Martina, riéndose.
Abrí la puerta y ahí estaba Pedro, con una camisa negra y jeans oscuros. Llevaba una cadena de oro y las manos en los bolsillos. Su pelo estaba revuelto de esa manera desordenada y perfecta que solo él podía conseguir.
"Estás guapísima", dijo, mirándome de arriba abajo.
"Gracias."
Me tomó de la mano y salimos del edificio. Había una moto aparcada enfrente. Pedro me tendió un casco.
"¿Confías en mí?"
"¿Tú qué crees?"
"Venga, súbete."
Me puse el casco y me subí detrás de él, rodeando su cintura con los brazos. Pedro arrancó y avanzamos por las calles de Madrid, la brisa de la noche golpeándome la cara mientras la ciudad pasaba a toda velocidad.
Llegamos a un restaurante discreto en el barrio de Chamberí. Pedro me llevó hasta una mesa en la parte de atrás. Pedimos algo de vino y comenzamos a hablar de cosas sin importancia: la universidad, la música, el último partido del Real Madrid. Me estaba relajando. Hasta que una chica se acercó a nuestra mesa.
"Perdón, ¿puedo hacerme una foto contigo?"
Pedro sonrió amablemente y se levantó para tomarse la foto. Pero la chica no se fue inmediatamente. Se quedó ahí, mirándome fijamente.
"¿Tú eres Ale, no?"
"Sí", dije, incómoda.
"Vi un hilo sobre ti en Twitter", dijo ella. "Dicen que antes eras una borracha."
Sentí que la sangre me abandonaba el rostro. Pedro giró la cabeza hacia ella, sus ojos claros y afilados.
"¿Perdona?"
"Solo decía lo que vi", dijo la chica, encogiéndose de hombros. "Dicen que te fuiste de México porque tenías un problema."
Pedro dio un paso hacia ella. "¿Te has fumado algo o qué?"
"Tranquilo, Quevedo. Si es verdad, tampoco es para tanto."
Me levanté de golpe. "¿Quién te crees que eres?"
"Relájate", dijo la chica, sonriendo. "Solo quería confirmar los rumores."
Pedro la fulminó con la mirada y la chica finalmente se alejó. Pero para mí, la noche ya estaba arruinada.
"Vamos", dije, tomando mi bolso.
"¿Estás bien?" preguntó Pedro.
"Sí. Solo... vámonos."
Pedro pagó la cuenta y salimos a la calle. Me apoyé contra una pared, tratando de recuperar el aire. Pedro se acercó y me tomó de la cara con ambas manos.
"No escuches a esa tía. No tiene ni puta idea de lo que habla."
"No importa", dije, cerrando los ojos. "Es mi culpa. No debería haber bajado la guardia."
"¿De qué coño estás hablando?"
Lo miré, los ojos llenos de lágrimas. "Es cierto lo que dicen. Yo sí tenía un problema."
Pedro me miró intensamente. "¿Y qué?"
"¿Y qué?" repetí, sorprendida.
"Sí, tía. ¿Y qué?"
"Pedro..."
"Si alguien tiene un problema con tu pasado, que le jodan. Yo no estoy aquí por lo que hiciste o dejaste de hacer. Estoy aquí por lo que eres ahora."
Mi respiración era rápida y entrecortada. Pedro acercó su cara a la mía.
"No tienes que demostrarle nada a nadie, Ale."
"Pero es demasiado. No sé si puedo con esto."
Pedro me acarició la mejilla. "Claro que puedes."
Y me besó. Ahí, en medio de la calle. Con las luces de Madrid iluminándonos y la gente pasando a nuestro alrededor. Un beso lento, profundo, como si el mundo se hubiera detenido.
Cuando nos separamos, Pedro me miró fijamente.
"Si vamos a hacer esto, vamos a hacerlo bien", dijo.
"¿Hacer qué?"
"Nosotros."
"¿Y qué significa hacerlo bien?"
Pedro sonrió. "Que no te pienso dejar ir."
Me miró con tanta seguridad que supe que lo decía en serio. Y, por primera vez en mucho tiempo, dejé de pensar. De dudar. De cuestionar.
"Vale", dije.
Pedro tomó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos. "Pues vamos."
EL DIS SIGUIENTE Todo comenzó con un mensaje de Martina en WhatsApp:
Martinillo🫡 "Tía, creo que estoy embarazada."
Yo estaba en clase de microeconomía cuando lo leí. Miré la pantalla del móvil, procesando las palabras con el corazón latiéndome a mil.
Ale: "¿Qué?"
Martina contestó casi de inmediato. Martinillo🫡: "Sí, Ale. Me siento rara. Tengo retraso y llevo días con náuseas. ¿Qué hago?"
Mi estómago se encogió. Miré alrededor del aula. El profesor seguía hablando sobre las elasticidades de la demanda, pero yo solo escuchaba un pitido en los oídos.
Ale: "¿Dónde estás?" escribí."
Martinillo🫡: "En el piso."
Ni siquiera esperé a que terminara la clase. Salí de la universidad y llamé a Pedro mientras caminaba a paso rápido por la acera.
"¿Dónde estás?"
Pedro contestó casi de inmediato. "Estoy en el estudio. ¿Pasa algo?"
"Martina cree que está embarazada."
Hubo un silencio pesado al otro lado de la línea.
"¿Estás de coña?"
"¿Te parece que estoy de coña, Pedro?"
"Voy para allá", dijo inmediatamente.
Llegué al piso antes que él. Martina estaba sentada en el sofá, abrazada a una almohada. Su cara estaba pálida y sus ojos llenos de lágrimas.
"Ale", dijo, con la voz rota. Me senté a su lado y la abracé fuerte.
"Tranquila. No sabemos nada todavía."
"Pero... ¿y si es cierto?" dijo, con los ojos vidriosos. "Si es cierto, lo enfrentaremos juntas, ¿vale?"
En ese momento, la puerta se abrió y entró Pedro con una bolsa de plástico en la mano. Sacó una caja blanca y la dejó en la mesa.
"He comprado una prueba", dijo, mirándonos.
Martina miró la caja como si estuviera viendo una bomba a punto de explotar. "No puedo", susurró.
"Sí puedes", le dije, tomando su mano.
Martina tomó aire, se levantó y fue hacia el baño con la prueba en la mano. La puerta se cerró y quedamos Pedro y yo en silencio en la sala.
"Joder", murmuró Pedro, pasando una mano por su pelo.
"Lo sé."
Se sentó a mi lado en el sofá.
"¿Tú crees que...?"
"No lo sé", dije, sin poder terminar la frase.
Estuvimos en silencio unos minutos hasta que Martina salió del baño con la prueba en la mano.
"¿Y?" preguntó Pedro.
Martina miró el pequeño visor y dejó escapar un suspiro de alivio.
"Negativo."
Sentí que el aire volvía a mis pulmones. Pedro dejó caer la cabeza hacia atrás en el sofá.
"Joder, menos mal."
Martina se dejó caer en el sillón y cubrió su cara con las manos.
"Gracias por estar aquí", dijo.
Pedro sonrió levemente. "Ya te he dicho que yo me ocupo."
Todo podría haber terminado ahí, pero no fue así.
Porque en algún punto, alguien (no sabíamos quién) tomó una foto de Pedro comprando la prueba. Y alguien la publicó.
Y en cuestión de horas, las redes explotaron.
"Quevedo va a ser padre.""Ale está embarazada de Quevedo.""La chica misteriosa de Madrid está embarazada de Quevedo.""¿Una nueva etapa para Quevedo?"
El pitido de mi teléfono no paraba. Notificaciones. Mensajes. Me habían etiquetado en cientos de publicaciones.
Martina entró corriendo en mi habitación con el teléfono en la mano.
"¡Tía, mira esto!"
Pedro me llamó en ese instante.
"Ale, ¿has visto lo que están diciendo?"
"¡Por supuesto que lo he visto!"
"Tienes que decir algo."
"¿Decir qué? ¿Que no estoy embarazada? ¿Que fue una confusión? ¿Tú crees que a alguien le va a importar la verdad?"
Martina estaba mirando su teléfono con una expresión pálida.
"¿Qué pasa?" pregunté.
"Pedro..." dijo Martina, mostrándome la pantalla. "La prensa ya está en la puerta."
"¿Qué?"
Pedro maldijo al otro lado de la línea.
"Voy para allá", dijo, y colgó.
Miré por la ventana y vi los flashes de las cámaras y los periodistas acumulándose en la acera frente al edificio.
"¿Qué vamos a hacer?" preguntó Martina.
"No lo sé", susurré.
Pedro llegó quince minutos después, subió rápidamente al piso y cerró la puerta detrás de él.
"Tenemos que decir algo", dijo.
"¿Qué sugieres? ¿Que salgamos ahí y anunciemos que no estoy embarazada?"
"No", dijo, con la mandíbula apretada. "Pero tenemos que hacer algo."
Martina levantó una ceja.
"¿Y qué sugieres tú, Quevedo?"
Pedro me miró fijamente.
"Podríamos salir juntos y dar una declaración. O podríamos simplemente ignorarlo. Pero si lo ignoramos, seguirán hablando."
Me pasé las manos por el pelo, desesperada.
"Esto es demasiado."
Pedro se acercó y me tomó de la cara con ambas manos.
"No te preocupes. Lo vamos a solucionar."
"¿Cómo puedes estar tan seguro?"
"Porque estoy contigo."
"Pero tú estás acostumbrado a esto. Yo no."
Pedro sonrió de medio lado.
"Ya te acostumbrarás."
"¿Y si no quiero acostumbrarme?"
Pedro acercó su frente a la mía.
"Entonces me encargaré de protegerte."
Respiré hondo, cerré los ojos y me dejé llevar por el calor de sus manos en mi piel.
Pedro me miró con intensidad.
"Venga, vamos a arreglar esto. Juntos."
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